Alberto Mansueti, Mayo de 2012

Hace más de 10 años, en Diciembre de 2001, escribí “No hay atajo”, ensayo sobre el “Socialismo del Siglo XXI”, y sobre la terca negativa de los círculos liberales a constituir partidos políticos capaces de hacerle frente. Lo publico otra vez, porque la situación no ha mejorado.

Presentación (2012)

Desde entonces a hoy, en la década transcurrida, tenemos la tremenda crisis bancaria, financiera y económica de 2008-10, igual como en 1929: provocada por las masivas injerencias e intervenciones estatales en negocios, empresas, mercados y flujos de intercambios económicos voluntarios, no ha servido sin embargo para detener o aflojar esas interferencias y controles, sino como pretexto para acentuarlas y extenderlas aún más. Y tenemos al terrorismo otra vez, ligado al narcotráfico.

La nueva izquierda se ha fortalecido mucho. Completado su control sobre la economía y la educación, ha cumplido buena parte del programa del Manifiesto Comunista de 1848 en esas áreas; prueba de ello son los recurrentes fracasos en la economía y finanzas estatistas colapsadas por doquier, y en la “educación” estatista  que no educa, pero que adoctrina. Por esas razones no les conviene a las izquierdas insistir mucho en sus viejos temas, porque las empresas y centros docentes, incluso privados, ya están en sus manos. Por eso sus partidos adoptan nuevas agendas y consignas: “Ecología” y ambientalismo mentiroso, indigenismo racista, feminismo radical con aborto y homosexualismo político, “derechos humanos” bien torcidos hacia la izquierda, “democracia” anti-liberal, la “Teología de la Liberación”; y sobre todo el relativismo, moral y cognitivo, y el nihilismo filosófico aplicado en dosis masivas (incluyendo p. ej. eutanasia), todo disfrazado de “tolerancia” y “no discriminación”.

En control de la economía, la educación y la cultura (popular y de la otra), y también de los medios de prensa, ahora con su “Política Correcta” los adalides marxistas enfilan sus cañones contra los demás objetivos que restan del programa de 1848: el matrimonio y la familia, bases de la civilización, como bien apreciara Federico Engels. Y contra la razón misma, para que la gente ya no piense, para que no razone sino que “sienta”, con “el corazón”, sin usar la cabeza.

Desde entonces a hoy, en la primera década del nuevo siglo, este socialismo global ha impuesto mucho de su Filosofía en todo el mundo, a través de leyes inspiradas por el Sistema de la ONU y sus ramas colaterales, partidos satélites y ONGs afines. A su vez el Antisistema violento del nuevo “Eje del Mal” Moscú-Teherán-Trípoli-La Habana-Caracas, ligado al terrorismo y al narcotráfico, participa en muchas de sus mismas premisas, agendas y consignas.

La ola antipolítica y anti-partidos, sumada a la ideofobia –la negativa a razonar sobre las ideas generales- no ayudan: estorban. Los políticos profesionales han sido desplazados por deportistas, locutores, músicos, cantantes y otros artistas y figuras “populares”, bajo promesas estatistas y de izquierda, que son incapaces de reconocer, jurando que ellos sí van a hacer funcionar el “Estado de Bienestar”. No sorprende que mientras arrecia la pobreza y el crimen, los gobiernos, sobre todo municipales, ahora se dedican a promover espectáculos, festivales y shows llenos de música, ruido y luces, mientras los ladrones aprovechan y toman las calles por asalto.

¿Qué han hecho los liberales en esta década? Muchos siguen confundidos, y adoptan banderas de la nueva izquierda; incluso algunos se llaman a sí mismos “liberales de izquierda”. Otros siguen en sus “tanques de pensamiento”, negados a constituir partidos políticos, buscando un “atajo”, una vía expresa, directa: llevar la gente conocimientos académicos de economía y otros muchos saberes enciclopédicos, a los que nadie presta atención. Transmiten propuestas concretas pero aisladas, desgajadas de su contexto más general y de sentido. O bien consignas filosóficas, pero desligadas de la realidad cotidiana y política. Se requiere un partido liberal para integrar unas con otras en un Programa, proyecto o Plan Político viable y creíble, con su Hoja de Ruta hacia el Congreso, centro del sistema y el poder estatista, con el propósito de abolir el estatismo desde allí, derogando las leyes en que se encarna y sustenta. De otro modo, el anti-estatismo y sus propuestas y consignas carecen de audiencia y credibilidad en la opinión pública. La gente no quiere escuchar; y con cierta razón. Porque el liberalismo no es una forma de “autoayuda”, es una doctrina política; y si no hay los instrumentos políticos y estratégicos para aplicarla, será que no es aplicable, dice la gente. Algo malo ha de tener. Pero los liberales tampoco quieren escuchar a la gente.

Y casi todos siguen en su renuencia a reconocer los antecedentes judeocristianos occidentales del liberalismo clásico y la civilización, y así abrir líneas de comunicación y cooperación política con gente de iglesias y congregaciones religiosas a las que el grueso de la población pertenece, o con las que al menos se identifica, aunque con generalizado desconocimiento de las viejas raíces del Cristianismo histórico y del Gobierno limitado, y las correspondientes conexiones conceptuales y prácticas.

Por mi parte, desde aquella fecha he escrito algunos libros y otros ensayos, y ayudado a desarrollar un programa político: el “MANIFIESTO LIBERAL”. Y he buscado en varios países apoyo para la tarea, cada vez más urgente e imprescindible. Pero hasta hoy sin éxito, porque: 1) Entre los liberales, ha avanzado en el terreno filosófico el relativismo antinomiano, y el ateísmo militante y agresivo, para el cual Dios, el cristianismo y las iglesias son enemigos mayores y principales, más que el estatismo, o aún que el Estado. Y en lo político, se ha hecho fuerte y beligerante el anarquismo ciego, destructivo y auto-destructivo, tan nihilista como el relativismo, para el que todo Gobierno, aún limitado, es el enemigo. 2) Entre los cristianos, los evangélicos siguen ignorantes -casi analfabetos-, pero enfilados contra la razón, encerrados en sus “burbujas” eclesiales de pietismo y fideísmo; y en lo político, al igual que los católicos, abrazados al estatismo, y/o la anti-política. Es decir, 3) en el plano filosófico, coinciden “libertarios” y cristianos en que “razón y fe son incompatibles”, eligiendo uno y otro de los extremos respectivos de esta falsa dicotomía. 4) Y en lo político, también coinciden en una actitud furiosamente anti-partidos, propia ahora de toda la clase media, harta por el incumplimiento de las promesas de los políticos estatistas, pero incapaz de ver más allá de sus narices, que esas promesas demagógicas no son viables por definición; y las falsas ilusiones que despiertan son parte clave en el sistema de “zanahoria y palo” que nos tiene a todos entrampados.

Por esas razones publico otra vez mi ensayo de 2001, aquel primer año del nuevo siglo, reescrito en parte, y dividido en tres secciones, para darle más claridad y sentido a lo que expreso, aunque no actualidad, que no necesita:

I. Los atajos no llevan a la autopista

II. La autopista

III. Una vista aérea del panorama

Con una pregunta que me hago: ¿cómo sería hoy la situación si al comienzo del s. XXI los liberales hubiésemos tomado por la Autopista en vez de buscar “atajos”? Mi respuesta es que estaríamos mucho mejor que ahora. Todos. Por favor, lea mi ensayo y juzgue Ud. Gracias.

 

NO HAY ATAJO (Diciembre 2001)

La sociedad libre es una forma de convivir los seres humanos, basada en una concepción individualista del hombre y la política. El camino pasa por una tarea: convencer a los demás de las razones a favor del mercado, la sociedad de personas libres y el Gobierno limitado, explicando esa cosmovisión, al menos en sus trazos gruesos, su viabilidad, y el camino para llegar. No hay atajos: medidas aisladas y solitarias como la dolarización, la privatización del petróleo -o de lo que sea-, la reducción de tales o cuales impuestos y aranceles e incluso su eliminación, la despenalización del consumo/comercio de drogas, o los “vouchers” o bonos educativos para los pobres, con todas sus ventajas, no son esas medidas super-atrayentes para todos, ni mágicas. E incluso dictadas, no nos eximirán de ese trabajo de persuasión, explicando “la gran pintura” y buscando la reforma completa, desde una plataforma política, la forma de hacerlo y la vía para llegar. Tenemos que hacer el trabajo, entero, y bien hecho.

Milton Friedman es brillante, sin duda. Una de las razones de su fama es una frase que hizo impacto: “No hay almuerzo gratis”. Y no lo hay: siempre alguien paga los costos; es una de las leyes fundamentales de la economía, y del comportamiento humano en general.

No siendo brillante como Friedman, debo conformarme yo con acuñar otra frase, cercana a la suya, en el campo de la política: “No hay atajo”. Así como en economía no hay almuerzo gratis, en política no hay atajo, esa senda de acortar camino. No hay sustituto eficaz al medio apropiado para el logro de ciertos fines. Si Ud. se propone tal o cual fin, entonces debe disponer del medio propio. Y también es ley del comportamiento humano: si Ud. quiere conocer un país, debe ir por autopistas o carreteras, pero entonces necesita el vehículo apropiado. No cualquiera sirve. ¿No tiene el medio idóneo? Lo siento, pero hay malas noticias: no hay sustituto. Deberá renunciar al viaje, o posponerlo. Y no hay sustitutos a un partido político, con su doctrina y su programa. En la democracia, la vía es la política; esa es la Autopista, y los partidos son los vehículos de transporte.

No hay sustitutos

No hay sustituto para la riqueza, un producto del capitalismo, a su vez resultado del sistema de Gobiernos limitados a los servicios de defensa y policía, justicia y obras públicas, organizados según un orden de “subsidiariedad” en tres instancias, comenzando por los gobiernos locales, “de primera instancia” y por ello más importantes; siguiendo por los regionales, sólo cuando razonablemente se requiere una segunda instancia; y terminando en los nacionales como tercera y última. Y allí se acaba la subsidiariedad, porque todo lo demás pueden hacerlo las instancias privadas, en sus respectivas esferas.

Los países occidentales comenzaron a practicar este sistema ya en la Edad Media, inspirados en la Biblia. Agudos pensadores judíos, árabes e incluso musulmanes, no encontraron choques insolubles entre razón y fe: cuando la capacidad de discernir se ejerce rectamente a partir de la observación del mundo natural, su regularidad, inteligencia y diseño lleva lógicamente a la idea de un Dios Creador. Y cuando la razón se aplica a investigar la Escritura, hallaron motivos suficientes para “acreditar” en sus testimonios; y eso es la “fe”, acerca de una serie de hechos históricos bien documentados; no es simple o emocional credulidad, ni es ingenua, tampoco un “salto en el vacío”, como muchas veces se ha dicho.

El estatismo recomenzó en Occidente cuando la Biblia se abandonó. Por ej. y para empezar, la idea bíblica de “Gobierno” como un poder limitado, al que la gente puede y debe resistirle cuando se sale de sus límites, se cambió por la de “Estado”, una representación del ente colectivo, del que “la nación” (población) es tan sólo una parte componente, y así el derecho de resistencia a la opresión fue minado y debilitado. Estos datos se ignoran hoy, porque la educación fue desarticulada: con la falsa consigna de “no transmitir información sino enseñar a pensar”, no informó ni tampoco enseñó a pensar, porque pensar es imposible sin información alguna para comprender, discernir y enjuiciar.

No hay sustituto para la sociedad abierta, de gobiernos en sus funciones propias en lo político; de mercados libres en lo económico; y de respeto a la propiedad privada e instituciones independientes en lo social-cultural. Y como vía idónea a ese fin, no hay sustituto para toda la serie completa de privatizaciones (desestatizaciones); desreglamentaciones; des-tributaciones (eliminar y reducir impuestos); y garantías legales para las libertades, entre ellas las monetarias y bancarias, y las no económicas. Ni hay sustituto para una mayoría parlamentaria que derogue las leyes que consagran el estatismo, ni para un partido político liberal que la encuadre, bien cimentado en las tradiciones occidentales, sin miedo a ser tildado de “dogmático” o “derechista”.

Pero las liberalizaciones son imposibles sin la comprensión y la opinión favorable de al menos una parte del público; por ello, tampoco hay sustituto para el trabajo político en sentido amplio: investigar y difundir las ideas, pero también recaudar los fondos, reclutar la gente, y articular una organización política con firmes cimientos y contenido ideológicos ligados de cerca a sus propuestas programáticas y estratégicas, y presente en los medios de prensa. No es fácil. Pero es imprescindible e inexcusable, en un mundo de gran actividad ideológica, en el que los ataques del 11 de Setiembre demostraron que el “Choque de Civilizaciones” no es sólo el título de un libro de Samuel P. Huntington sino una trágica realidad. En el fondo es un choque de Cosmovisiones.

 

I. LOS ATAJOS NO LLEVAN A LA AUTOPISTA

Un partido liberal

Puede no llamarse así; aunque es mejor que los nombres de las cosas respeten su naturaleza.

Pero de todos modos el político es un orden práctico, de fines y medios; y los medios deben ser los idóneos. ¡Ojalá hubiera fórmulas mágicas inspiradoras, motivadoras y movilizadoras, que llevasen a la gente a aceptar la idea de una sociedad abierta y libre, sin esfuerzos y trabajos de nuestra parte!

Aunque nos aburra o disguste, hay que hacer propaganda, difusión ideológica y labor de captación y encuadramiento. Fundar y articular un movimiento y luego un partido, transmitir su mensaje completo, y asegurar que llegue sin distorsiones a sus destinos. Hay que escribir, revisar y reescribir panfletos, y repartirlos a mujeres, hombres y jóvenes de la calle, difundir consignas y posiciones, vender libros, editar publicaciones, programar reuniones y círculos de estudio, recaudar fondos, insistir en los medios de comunicación, recaudar más fondos; y sobre todo, dar respuestas y explicaciones sobre doctrina y soluciones liberales, a fin de reclutar y formar cuadros, que accedan a posiciones de mayor efectividad política y comunicacional. Es decir: trabajo político. Los partidos son los instrumentos irreemplazables de la democracia, representativa por supuesto, la única real; y cuando se pretende sustituirlos, llegan los caudillos y caudilletes populistas, mesiánicos, demagogos y personalistas.

La noción aérea, gaseosa, romántica y existencialista de “La Libertad” no nos ha funcionado. La filosofía liberal ha de investigarse con paciencia y discernimiento, contrastada con el pensamiento ahora dominante; para lo cual esta filosofía debe ser comprendida desde sus bases, y sus diferencias con sus contrarias. Ese es el comienzo. En el orden político, como en el empresarial o cualquier otro, por práctico que sea, la actividad intelectual no se excluye. Y es previa -hasta en deportes como el box, lo primero es pensar la estrategia-; y no deja de ser actividad porque la mayoría de los políticos sean intelectualmente inactivos.

Muchos liberales soñamos una revuelta fiscal, con desobediencia al pago de impuestos. Otros con una huelga de electores, proclamando la abstención del voto. Otros con una campaña de opinión para no comprar a empresas anunciantes en medios de izquierda. Otros con “ciudades o territorios libres” (Free-cities). Todo eso está muy bien. Y muchas otras actividades de ese tipo, algunas enfocadas a ciertos tópicos puntuales, lo que en EEUU llaman “single-issue”. Pero, ¿quién va a organizar esas acciones colectivas, y a sostenerlas financieramente, sino una organización -aunque no se llame “partido”-, con su estructura, sus secciones y sus niveles? Y con su componente ideológico, para cuando mucha de la gente inicialmente movilizada comience a decaer en entusiasmo y a hacerse ciertas preguntas como “¿por qué debo yo seguir en este esfuerzo?” -y otras de carácter general-, poder brindar las respuestas correctas.

Aceleradores y frenos; inconsistencias y confusiones. Lecciones

Las reformas “Neo” liberales de los ’90 fueron en Latinoamérica muy tímidas, muy cortas, vacilantes, inconsistentes y/o incompletas. Pero deben dejarnos enseñanza. Todas fracasaron con la relativa excepción de Chile, donde -en la década anterior- fueron mucho más decididas y consistentes. Allí está la primera lección: la indecisión e inconsistencia llevan al fracaso.

Hoy padecemos una violenta reacción por parte del populismo y las izquierdas -ideológicamente renovados con las corrientes antiliberales del nuevo siglo-, y apoyada en la insatisfacción por los fracasos de los Gobiernos actuales. No hay sustituto para las liberalizaciones. Segunda lección: además de consistentes y decididas, las medidas deben ser simultáneas y rápidas -y en la dirección apropiada-; de otro modo no son efectivas, no dan resultados, y surge descontento. Tercera: debemos dar las adecuadas respuestas a los portavoces de las ideologías antiliberales, que canalizan toda la disconformidad. Cuarta: para la política se requiere un partido, por la misma razón que para navegar se necesita un buque; no hay otras “fórmulas”. Siento desilusionar, pero no existe propuesta que comporte a la gente una ventaja inmediata y evidente, y sea “simple”, “fácilmente entendible”, y con honda apelación sentimental. O sea: de un magnetismo irresistible, inevitablemente destinada a ser “popular”. No la hay. Y si la hay, es falsa: no es liberal.

Una de las razones por las cuales Chile y El Salvador hoy sigan siendo experiencias más o menos exitosas,  aunque distan mucho de ser perfectas, es porque en ambos países hay partidos que las sustentan, hoy en papeles de oposición y gobierno respectivamente. Si es desde la oposición, políticos profesionales de inspiración liberal hacen contrapeso a las socialistas y las contienen, al menos con control de los daños. Si es desde el Palacio de Gobierno, impulsan y aceleran políticas públicas. En los ’90 las reformas liberales se encomendaron a partidos populistas y socialistas, no apropiados para la misión. Todo buque necesita tripulación idónea para el oficio. Es decir, marineros y capitán, y primer oficial por lo menos, y timonel. Para navegar no puede emplearse un grupo de campesinos, obreros, empresarios, monjas, soldados, mesoneros o los que sean. Insisto: “No hay atajo”.

Fuera de esos dos países, ¿qué tenemos? Inconsistencias y confusiones. Domingo Cavallo se supone paradigma “neo” liberal. Pero en estos días les decreta a los argentinos los límites de dinero en efectivo que pueden retirar de sus cuentas bancarias por semana y por mes, como papá a los niños. Y se piensa usar los Fondos de Pensiones para aliviar la carga de la deuda externa. Eso no lo ha hecho, por ahora, ni Hugo Chávez, en el otro extremo de Sudamérica y se supone que del espectro político, cuya política por otra parte en el sector telecomunicaciones hasta ahora verifica el criterio “Neo” liberal ortodoxo. Estas inconsistencias confunden a muchas personas, incluso a muchos liberales. Hoy es tanta la aversión a los “ismos” e ideas abstractas, que nadie quiere revisarlas, y por ello son demasiadas las incoherencias y las confusiones. Las posiciones en la política de la calle rara vez coinciden con las del Palacio de Gobierno; y las de Palacio rara vez coinciden con las de los círculos de expertos, reales o supuestos. Por eso mismo hace tanta falta un partido liberal.

No es cierto que “A los socialistas les funcionan esas fórmulas simples”,

como a veces se dice, pretendiendo que los liberales inventemos consignas maravillosas, de igual o mayor efecto cautivante. Es verdad que a las izquierdas les funcionan promesas irrealizables, falsas y engañosas. Pero más les funciona el entramado de intereses especiales que crea el estatismo con tales promesas: los pocos que acceden a ellas, mantienen viva la ilusión para al resto. Y sobre todo, les funciona el trabajo político hecho en el pasado, por muchas décadas consecutivas. Con constancia, determinación y paciencia admirables, y dignas de mejor causa. Como producto de ese largo, tenaz y concienzudo trabajo político, lamentablemente ellos tienen suficientes cuadros formados desde hace tiempo, y organizados. Y tienen su mensaje difundido e implantado en extensión y profundidad. Ha penetrado en profundidad en la mente popular. Por eso basta una consigna o lema (“justicia social”) para reverberar en la cabeza de la gente.

Por esto sus consignas -y engañosos conceptos y soluciones-, ganan aceptación y la conservan, son repetidas constantemente de boca en boca, de modo casi automático, como un “mantra”. Porque ya están “posicionados”. Inseminada una premisa socialista en la cabeza de la gente, ella misma saca conclusiones socialistas por su cuenta, sin necesidad de recibir adoctrinamiento adicional; y las repite al familiar, vecino o amigo, convertido en vehículo de propaganda. Por ejemplo la premisa del Estado multipropósito, que debe servir para cualquier cosa. De ahí la gente salta enseguida a la conclusión del activismo estatal: que el gobierno debe “hacer algo” ante cualquier dificultad o problema que tengan tal o cual clase de personas; y ya está lista la masa para la trampa de los “intereses especiales”. Cae con el primer demagogo que le prometa “hacer algo” por X problema concreto.

El estatismo es el medio idóneo o instrumento propio de todo colectivismo, del cual el socialismo es sólo una variante. En otras palabras: el estatismo es siempre un colectivismo traducido en práctica política, cualquiera sea “el colectivo”: la nación, el pueblo, la mayoría o el proletariado. Y todas las premisas colectivistas fueron sembradas. Por ej. la premisa altruista: los individuos tenemos que “sacrificarnos por el bien común”. También mentiras o sofismas básicos estatistas como “el Estado es la expresión del bien común”. Por eso lo liberal es liberar; pero “la verdad os hará libres” (Jn 8:32) Y sólo se libera cambiando premisas; por ej. difundiendo la premisa de las funciones estatales propias, mostrando a la gente que las causas reales de los problemas son acciones y actividades impropias del Estado, las cuales generan obstáculos a la economía, que deben ser removidos. Pero cambiar premisas no es fácil, requiere de trabajo político. Comenzando por uno mismo: cada tanto inspeccionar la propia mente, porque las premisas socialistas se le meten a cualquiera, y queda preso. O las conclusiones.

Por otra parte, los socialistas no se molestan en recaudar fondos porque tienen nuestros recursos que el Estado nos quita; y todos los medios a disposición de los gobiernos, incluyendo los propagandistas, organizadores y activistas incorporados a la maquinaria estatal -especialmente entre educadores, médicos, artistas, entrenadores deportivos, concejales, etc-, y pagados con nuestros impuestos.

También les funciona haberse ganado en el pasado a los periodistas, escritores, “expertos” y buena parte de la gente vinculada a centros transmisores de educación y cultura, medios de comunicación, partidos y hasta iglesias. Eso les funciona. Y fueron por la Autopista: con partidos políticos. No por los atajos, que no los hay. Y a las izquierdas les sirven todas las contradicciones de los “neo” liberales, y de los políticos fracasados, como los actuales Presidentes latinoamericanos, que gastan todo su tiempo buscando pretextos y excusas para justificar sus fracasos, desde los huracanes hasta “la crisis provocada por el 11 de Setiembre”, pasando por los desechos nucleares o la pesca de arrastre. Pero lo que más les funciona es la falta o insuficiencia del trabajo político de los liberales.

¿En qué punto estamos parados? ¿De qué trata todo esto?

Algunos liberales se atascan en el camino de las reformas. Y creen que el problema es si deben ser o no simultáneas, o su velocidad. Por supuesto, deben ser simultáneas, y son urgentes. Pero les falta “la gran pintura”, con todas sus implicaciones, por lo que son incapaces de distinguir las premisas de las conclusiones y las propuestas. Queremos cambiar un sistema económico por otro, un régimen político por otro. No es simple, porque todo sistema tiene fundamentos. Los enemigos del liberalismo se oponen a las reformas de todos modos, sean o no simultáneas y/o graduales, apelando a una cosmovisión opuesta, la cual proponen al público, y éste la comparte.

Muchos liberales les oponen argumentos de vuelo corto, que además no son ciertos. Dos ejemplos: 1) EEUU y la UE no pueden ser mostrados como paradigmas de libre mercado porque no lo son; tampoco muchos “tigres” asiáticos, como evidenciaron los tropiezos y colapsos financieros de algunos de ellos; y menos aún Rusia. Y si lo fueran, el argumento sería contraproducente, ya que su situación dista de ser buena. 2) El “consenso de los expertos” tampoco vale como argumento porque no existe, y donde existe es antiliberal. Para argumentos también vale la regla: “No hay atajo”; o Ud. pone sobre la mesa los argumentos apropiados -válidos y a la vez pertinentes-, o no prueba su punto. Y argumentos como los ejemplificados no vienen al caso, porque lo que está en juego es otra cosa.

¿Cuál es la “Gran Pintura”?

Es la perspectiva individualista del orden espontáneo y la libertad, versus la visión colectivista del designio gubernamental a favor del “bien común”, basado en un plan deliberado de carácter general, a cuyos reglamentos todos debemos obedecer y ajustarnos. Es el “bien” de un ente colectivo, especie de monstruo antropomórfico, un ser en sentido propio, del cual los individuos somos sus partes, como las manos y los pies lo son del cuerpo humano. Por eso los colectivistas repiten que “el todo es más que la mera suma de las partes”.

El enfoque individualista se basa en la legitimidad moral del interés propio y su perseguimiento por medios honestos: intercambios voluntarios contractuales; por eso se opone tanto al altruismo (el sacrificio de los demás en beneficio propio) como al egoísmo (el sacrificio propio en beneficio de los demás). El altruismo declarado termina siempre en el egoísmo más miserable: la lucha de todos contra todos por un pedazo más grueso de la torta estatal (“colectiva”), cada vez mayor en proporción a la riqueza total en el país, pero más pequeña en tamaño. Más allá de las declaraciones altruistas en apariencia bienintencionadas, no hay otro bien común que el de los individuos todos, sin sacrificios, mediante intercambios voluntarios, único interés general y “público”.

 

II. LA AUTOPISTA

El Gobierno limitado

Es el punto de llegada. Aceptamos pagar impuestos legítimos: aquellos destinados a las funciones propias de un Gobierno limitado: seguridad, justicia y obras públicas. Más allá de tales límites, lo demás es robo legalizado. Pero este enfoque tampoco es anarquista: no es verdad que “todo impuesto es robo”, porque ese Gobierno es para sólo tratar con los criminales y transgresores a los derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad; pero lo primero que hacen los transgresores es rehusar su contribución monetaria, que por eso mismo ha de ser “impuesta”. ¿Qué cómo se tiene limitado a un Gobierno? Mediante un partido liberal, y desde el Congreso, la prensa y la opinión. “No hay atajo”. En el fondo, y aunque sea ateo convencido, un anarquista es primeramente un teólogo que no cree en el pecado, y por tanto no cree en transgresores ni transgresiones, tampoco en normas.

La sociedad es la colección de individuos, que aunque contingentes, somos los seres humanos en sentido propio y personal. Y aceptamos convivir bajo reglas que no implican abdicar de nuestra individualidad, que se manifiesta en nuestra personalidad. No queremos que Cavallo o Chávez nos traten como meras partes componentes intercambiables, como tornillos y tuercas, porque no lo somos. Lo que está en juego es entonces, ¿Qué somos? Es nuestro status ontológico. (Ontología es la rama filosófica que trata del ser.) ¿Somos los individuos seres humanos enteros, y personas, y por tanto libres? ¿O somos hormigas o abejas más grandes y evolucionadas, piezas del hormiguero o colmena social? Esto es lo que se debate en el fondo, y lo demás son consecuencias. Y de no tenerlo claro, uno puede enredarse mucho con las consecuencias.

La visión individualista no impone, ni siquiera propone un “plan de gobierno liberal” -contradicción de no pocos liberales- sino unas reglas mínimas, principalmente de carácter negativo: no agredir, no robar, no estafar. Ha sido a veces impulsada en la historia. Pero nunca lo fue tan intensamente, y con frutos tan maravillosos de todo orden, como a partir de la coincidencia de la “revolución industrial” a fines del siglo XVIII, con la independencia de EEUU, la redacción de sus documentos liminares, y la publicación de “La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith (1776). El impulso fue tan enorme, que de inmediato despertó una reacción comparable.

La reacción colectivista y sus manifestaciones

No se hizo esperar, y aún hoy es tan intensa como la acción a la que se opone. Hubo en los siglos XIX y XX varias manifestaciones políticas, según que el “común” o colectivo escogido por las izquierdas fuese la clase trabajadora o su vanguardia esclarecida, la raza, la nación, el “pueblo”, la mayoría, etc. De ahí sus diversas expresiones: racismo, nacionalismo, laborismo, democracia, populismo, socialismo y comunismo, etc. Hubo otras menos recordadas como el “ludismo”, opuesto al progreso técnico, como ahora los ambientalistas, cuyos partidarios rompían máquinas e incendiaban fábricas. Hoy son menos primitivos los métodos contra el progreso tecnológico, como dictar una ley o un decreto que haga antieconómica su incorporación al proceso productivo.

Socialismo del x. XXI

Hay en estos días otras expresiones colectivistas -feminismo, militarismo, ecologismo, indigenismo, etc.-, que no pueden entenderse si no se comprenden como legítimas descendientes de la misma perspectiva, en la presente generación de ideas políticas. Un ejemplo: los “derechos de los niños”, expuestos muy representativamente por Hillary Clinton (en su libro “It takes a village”), reeditan el viejo reclamo colectivista: los niños son de la tribu, no de sus padres. También hay que entender sus estrategias; para seguir con el mismo ejemplo: el sufragio infantil es preparado en la ONU como vía para consagrar las iniciativas colectivistas más irracionales.

Otro punto en que nos equivocamos los liberales es que muchas veces concedemos muy generosa y prestamente el título de “liberal” a personas, candidatos o grupos que apenas ayer estaban por el socialismo violento; y ahora por el socialismo pacífico o “democrático”, y por supuesto para nada familiarizados con la doctrina liberal, ni con sus incompatibilidades con otras expresiones opuestas, muchas de las cuales incluso abrazan estos candidatos a “liberales”.

Las expresiones antiliberales suelen confundir. Unas veces lucen indistinguibles, y otras como muy contradictorias entre sí, sobre todo lo que llaman “extremas” derecha e izquierda. Y lo son, porque es un principio filosófico que mientras el ser, la verdad y el bien son de una sola forma y esencia, el error y el mal en cambio siempre se multiplican en infinidad de expresiones diversas y opuestas, unas a otras enfrentadas entre sí, de tal manera que los incautos y desprevenidos toman algunas de ellas por buenas, reales y verdaderas.

Sin embargo todas estos “ismos”, los de antes y los de ahora, comparten idéntica perspectiva colectivista y estatista, teñida de romanticismo e irracionalismo, de la cual son variantes. Las de derechas han tenido siempre exponentes menos identificados como colectivistas, pero no menos destacados. Entre otros ejemplos: el militar y político alemán (Conde) Otto von Bismarck, el escritor inglés Thomas Carlyle -muy germanófilo-, o el filósofo italiano Benedetto Croce. Por cierto, todos estos colectivistas antiliberales eran como Bush: conservadores “compasivos” con el pueblo y los necesitados -al igual que los “revolucionarios” de izquierdas-; las derechas colectivistas y demagógicas no son algo novedoso, pero la derecha liberal no es ni una cosa ni otra.

No siempre percibimos los cambios que suceden a nuestro alrededor, a nivel internacional, y que se repiten a niveles de cada país, por cierto muy similares todos los latinoamericanos. Ante el fracaso de los estados nacionales, los colectivistas desean hoy reemplazarlos por los continentales, o por un único estado mundial “global” o planetario. Esto no debe confundir. Lo que cambia es el colectivo expresado por el estatismo, abarcando a los europeos, a toda la Humanidad, o incluso al conjunto de los seres vivos del planeta, en sus expresiones más absurdas, totalitarias y monstruosas. Esa es la globalización del estatismo, que no debe confundirse con la de los mercados. Hay otros cambios: antes, los colectivistas declaraban buscar un mayor grado de bienestar y confort para todos, que hoy anatematizan de entrada, porque identifican con el “consumismo” y el “materialismo”. Antes, una parte de ellos declaraba guiarse por la razón -aunque sin ser del todo consecuentes-; hoy no, son “posmodernos”. Antes eran ateos o agnósticos; hoy son “espirituales” y hasta religiosos. Es cierto: el socialismo del s. XXI -concepto que aparece en 1996, acuñado por el ideólogo chavista Heinz Dieterich Steffan-, no es exactamente igual al del s. XX.

Nacionalismo, socialismo, etc., lucen a muchos como “absolutos” políticos, y lo son. Sin embargo son  expresiones nacidas del relativismo filosófico, que niega las verdades universales y permanentes, y deposita en el colectivo X y en el Estado la misión de definir e imponer por la fuerza lo que es en cada momento la verdad. Porque una vez negadas las verdades absolutas -no dependientes de condición de tiempo o lugar-, y descalificadas como “dogmas”, la humanidad perdió toda referencia firme que pudiera servir de guía y orientación racional, incluyendo la perspectiva individualista. Por eso se aferra al colectivo de pertenencia: tribu o clan, casta, aldea feudal o comarca, gremio o iglesia, O raza. O nación, mayoría, proletariado, “los pobres”, el “pueblo”, o “la Humanidad”, los seres vivos, “el planeta” etc. Por el camino del relativismo, cada quien convierte su colectivo en su absoluto. Todos dicen “Nada hay absoluto, y todo es relativo, según …”la raza”, dice el racista; “… la nación”, el nacionalista; “… la mayoría”, el demócrata; “… la clase social”, o “la vida en el planeta”, etc.

“Las ideas son muy prácticas”

Eso decía Ortega y Gasset. Y sobre todo cuando son verdaderas, cabe añadir. Son herramientas para funciones muy importantes; por ej. las verdades de carácter general tienen la misión de organizar a las demás. Y si a Ud. le falta una idea verdadera, pronto le buscará un sustituto para que cumpla su función, la que sea. Pero no es igual, porque para las ideas es lo mismo: “No hay atajo”. Algunos liberales andan con las ideas todas desorganizadas, y por eso no son efectivas, incluso las buenas. Porque les faltan las ideas de carácter general; en su mayor parte no llegan ni a sargento, y las que de allí pasan no son verdaderas.

Un ejemplo: insisten con la dolarización obligatoria, o curso forzoso (llamado legal) para el dólar. Mucha gente no quiere usar dólares, por las razones que sea (equivocadas o no). Un verdadero liberal debe ser respetuoso, y proponer eliminar el curso “legal”, y por ende el libre uso de la moneda que cada quien prefiera y acepte para sus transacciones y depósitos. Además, debe ser consistente: ¿en materia de monedas no es mejor la competencia libre? Pero la libertad monetaria es una idea más general que la dolarización obligatoria. Y al negarse a revisar sus ideas más generales, estos liberales terminan prisioneros de las mismas premisas que los colectivistas estatistas, por ej. que el gobierno debe decidir cuál moneda es buena o mala para usar.

Otro ejemplo: proponen reformas judiciales, pero sin derogar leyes sustantivas; y en la misma ruta de la justicia centrada en el delincuente, punitiva o “reinsercionista” (“el crimen es un producto social”) y no de la justicia restitutoria o arbitral, enfocadas más en la víctima que en el criminal. Este segundo tipo de justicia se dirige hacia la reparación por el trasgresor del daño producido -o en su defecto el resarcimiento (indemnización)-, cuando no al simple arbitraje imparcial. La justicia colectivista parte en cambio de la premisa de que el delincuente debe pagar por su daño “a la sociedad” y no a una víctima concreta; o bien llegarse a su “reinserción social”.

En pocas palabras: algunos liberales están afectados del mismo mal que el resto de las personas: no revisan sus premisas. Las verdades absolutas les lucen “dogmáticas” a muchos liberales nominalistas y antinomianos, que confunden pluralismo y tolerancia con relativismo; y así se hacen relativistas. Pero ahí quedan heridos de muerte, porque desde el relativismo no puede argüirse eficazmente a favor de premisa o principio alguno, ni libre mercado ni Gobierno limitado.

Y algo peor: queriendo ser populares y confundiendo el liberalismo con la democracia, muchos liberales se hacen “demócratas” a ultranza; en lo cual al menos no son inconsistentes, puesto que la democracia iliberal es el relativismo en su traducción política: la tiranía de la mayoría. Y ahí se quedan muertos, definitivamente, como “liberales resignados” a acatar la voluntad de la mayoría. A que la mayoría no reconozca funciones estatales propias, y vote a favor de la producción gubernamental de toda suerte de bienes y servicios costeados con impuestos. Y el “análisis costo beneficio”, favorito de los “Neo” liberales, es dudoso y débil argumento para oponer a estas decisiones.

La democracia, explica Karl Popper, es un medio para reemplazar a los gobernantes sin violencia o derramamiento de sangre, y sólo por ello es preferible; y la democracia liberal es limitada: la mayoría no puede lesionar los derechos humanos verdaderos, los individuales a la vida, propiedad y libertad. Por supuesto; estas son verdades absolutas. Pero los liberales relativistas no creen en verdades absolutas; por eso deben dejar que la mayoría decida lo que quiera, poniendo presos a los mercados bajo límites, rejas y candados, y liberando al Leviathan gubernamental para decirle “Hágase tu voluntad”. Por supuesto, tales liberales no entienden que el colectivismo es mucho más que una política: es toda una religión: “No hay más dios que el colectivo, y el Estado su profeta”. Tampoco entienden que el liberalismo no es una religión, aunque entronca con una cosmovisión, la occidental, con hondas raíces en la tradición judeocristiana.

Filosofía, Humanidades y Ciencias Sociales

El liberalismo no es una filosofía ni una ciencia, pero en una y otra perspectiva -individualista y colectivista- se implican cuestiones filosóficas. No puede ser de otro modo, porque la filosofía no es algo ajeno a la realidad. Es la consideración de la realidad en sus términos más generales, y en sus causas menos inmediatas o próximas a nuestra experiencia sensorial y cognitiva, tal vez las más reales. La Filosofía se implica en todas las cuestiones de la vida diaria, tratadas por las disciplinas humanísticas y las llamadas “ciencias sociales”. Tampoco puede ser de otro modo, siendo que ellas también consideran la realidad humana en sus distintos aspectos, pero en términos, conceptos y leyes generales, con (cierta) independencia de sus particularidades específicas de tiempo y lugar.

No es posible entonces evadir las diferentes filosofías, y los divergentes puntos de vista de las distintas corrientes de las Humanidades y Ciencias Sociales. “No hay atajo”. Todo quien presuma de “pragmático” no deja de estar preso en las redes conceptuales de algún filósofo o escritor del pasado (o “de algún economista muerto”, como sabiamente lo puso Keynes); sólo que no es consciente de ello. Más vale entonces que seamos conscientes de las ideas que llevamos, a fin de cambiar las inservibles.

Muchos liberales repiten consignas filosóficas, verdaderas y muy válidas; pero la gente se pregunta: “¿Y eso que tiene que ver con la política, y con mi vida diaria?” Eso hay que explicarlo, mostrando las conexiones, muy estrechas, entre el pobre nivel de vida, y el imperio de las premisas, conclusiones y recomendaciones derivadas de la filosofía estatista del colectivismo; y las posibilidades de acceder a una calidad de vida muy superior, a través de un partido político capaz de tomar el Congreso y derogar leyes.

Mapas y guías de las rutas intelectuales y políticas

Lo que nos lleva a la necesidad de ocuparnos en distinguir entre las buenas y las malas filosofías y corrientes del pensamiento. Para lo cual hay que revisarlas una a una, informarse, documentarse, discernir. (“Crítica” llamaban los griegos al cernidor, como los de la harina o el vino.) No es fácil, porque además de autores y libros malos y buenos, hay libros malos de autores buenos y capítulos malos en libros buenos -y viceversas-; y hasta muchas páginas que merecen juicio separado. No queda más remedio que conseguir buenos mapas, y consultar sólo guías experimentados y probados.

“No hay atajo”. Lo que hay son evasiones, pero no sirven. Una evasión es confiar en las etiquetas: “Esta teoría (o política) es buena porque es de Harvard”; o antes se decía “de la Universidad de París”. Esa evasión nos trajo a donde estamos: las peores atrocidades del siglo XX fueron ideadas, inspiradas, cometidas, justificadas y convalidadas por los más ilustres egresados de las más ilustres Universidades. En Alemania, los más famosos centros de estudios de su tiempo -comenzando por Heidelberg- apoyaron al nacional socialismo y a Hitler. Con su prestigio, Cambridge avaló todos los disparates keynesianos. Y en la Sorbona de París se formó la mitad de los más feroces y sanguinarios dirigentes comunistas del Tercer Mundo, incluyendo los khmers rojos camboyanos; y la otra mitad lo hizo en la Escuela de Economía de Londres, o en Berkeley. Y tarde o temprano las masas siguen a los popes intelectuales consagrados: muchas de las tales atrocidades cometidas en nombre de los dioses colectivos fueron también decididas y aplaudidas por amplias y democráticas mayorías, de modo que tampoco valen las evasiones “es bueno porque lo apoya la mayoría”, o “en todos los países lo hacen, incluso desarrollados”.

En los gremios universitarios y clubes académicos funcionan mal las reglas de admisión, y de promociones, si las hay. Fallan en lo atinente a conceder acreditación y fama a ciertas teorías, profesores, facultades y escuelas, y en negarlo a otros. Popper -otra vez- sostuvo que en ciencia se avanza por prueba, error y descarte; y que los experimentos y pruebas científicas son los “filtros” selectivos. Si eso es así, muchas afamadas universidades parecen con los filtros tapados. Por eso hay ramas completas y corrientes enteras de Filosofía, Humanidades y Ciencias Sociales que con toda su “autoridad” avalan cada una de las perspectivas colectivistas. Son falsas. El 90 o 95 % de todos los libros y artículos publicados en el mundo sobre estos temas están comprometidos y contaminados.

Hace pocos años un profesor llamado Alan Sokal lo demostró por la vía del absurdo, y con gran sentido del humor: presentó como tesis un galimatías sin sentido pero solemne, imitando los escritos “deconstruccionistas” de los “posmodernos”, con sus términos vacíos y rimbombantes. Luego que fue laureado con todas las palmas, develó su charada con ruidosas carcajadas. Obviamente los jurados calificadores no lo festejaron. Y aunque ahora es peor, esta desafortunada situación no es nueva. De este tipo de profesores e “intelectuales” escribió San Pablo a los cristianos de Roma: “Proclamando ser sabios, se hicieron necios”; Romanos 1:22.

Los Mapas y guías de las rutas intelectuales deben rehacerse, y asimismo los de las rutas políticas y de la Economía, porque los caminos se cruzan por infinidad de puntos, que es necesario conocer.

¿Cómo pueden ser tan ignorantes los “expertos”?

Simple: son nominalistas, atados a los particulares y concretos, rehuyendo juicios y categorías de carácter general y abstracto; por eso es que saben montones de cosas inútiles, y no las esenciales, lo cual perjudica los resultados de sus investigaciones. Si Ud. tiene una premisa correcta, con esa puede investigar dos o tres hechos, o 10, o tal vez uno sólo, y quizá llegar a una conclusión correcta. Pero si tiene una premisa incorrecta, puede investigar 100 hechos, o 1000, y lucir más sabio en apariencia, pero seguro su conclusión será incorrecta. (Excepto la improbable casualidad de anularse errores opuestos).

De las universidades renombradas, premisas y conclusiones falsas se propagan a las otras -como ríos contaminados en las cabeceras-, y de allí a la calle, a través de los medios masivos de comunicación, el discurso político o público, el arte (sobre todo popular), o la homilía dominical del predicador. Y las ideas equivocadas afectan negativa y destructivamente no sólo las políticas públicas; también inciden poderosamente en la vida diaria de las personas.

La vida cotidiana, íntima y personal, también está siendo minada y destruida

Las malas ideas no sólo destruyen por la vía política. El estatismo nos quiere pobres, porque la riqueza trae independencia personal; y eso no quiere el colectivismo. Nos quiere dependientes, por eso hacer negocios y ganar dinero no está prohibido; sólo que te permiten hacer negocios al amparo del Estado, pero no por cuenta propia.

El dejarse llevar por todo lo que diga el experto diplomado en la prensa, la radio o la tele, es una evasión muy común desde mediados del pasado siglo XX. En los más diversos temas. Y una premisa falsa aplicada a los asuntos públicos puede arruinar miles de vidas. Pero es lo mismo si cada quien aplica un sofisma a sus propios asuntos privados: afectivos, familiares, o económicos. La mayoría de la gente no vigila con atención los postulados conforme a las cuales conduce su vida familiar, trabajo y negocios. Y los expertos que asesoran a las parejas, los jóvenes o los ahorristas, se graduaron en las mismas Universidades que quienes asesoran a los gobiernos.

En otras palabras: todos esos fracasos escolares, profesionales, laborales, matrimoniales, parentales etc. en el orden personal, esos niños malcriados, adolescentes perdidos y adultos inmaduros, negocios hundidos y fortunas erosionadas, tienen que ver con la clase de consejo que repiten los “expertos”, en el consultorio, el periódico o la revista, la radio o TV. Son fracasos en relaciones interhumanas. Sin duda también en parte son causados por las “políticas públicas” fracasadas; pero esa no es la única forma como los expertos sacrifican vidas humanas para destruirlas y arrojarnos a todos en brazos del Estado-Salvador.

Ellos experimentan en la gente cada teoría nueva que aparece, sea en psicología, puericultura, técnicas de estudio, alimentación, matrimonio, o gastos e inversiones; y la gente es tan descuidada que se lo permite. Por otra parte la democracia deja a las personas corrientes la última palabra en asuntos públicos, y en estos temas ellas también oyen a los expertos, y también yerran sus decisiones de voto y apoyo político. Porque la gente no será más cuidadosa con los asuntos públicos que con los suyos particulares. Disculpe Ud. que vuelva con la Biblia, pero ya Jesucristo advirtió que “si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán al pozo” (Mateo 15:14); y antes, el profeta Isaías notó lo calamitoso de ser “ciego e ignorante el vigía” (Isaías 56:10). Y si la mayoría de los diplomados universitarios, sean renombradas o no, han sido formados por ciegos y necios en las aulas “acreditadas” (¿por quiénes?), lo son ellos mismos, a menos que revisen las enseñanzas recibidas de sus mayores. Pero en su mayoría los profesionales de disciplinas sociales o humanísticas no vuelven a tomar un libro una vez egresados, y si lo hacen, el texto es exactamente de la misma orientación que recibieron.

Todo lo cual hace más difícil el trabajo político –en su concepto amplio-, aunque también más necesario. En términos de Isaías, es el político un oficio de vigía. En otros términos, es un trabajo que consiste en revisar las ofertas en los mercados de las ideas, desechar las malas y comprar las buenas -sin dejarse engañar por las etiquetas-, y después revenderlas al público. Pero eso sólo lo hace una empresa política, y eso se llama partido. “No hay atajo”.

Las tres sucesivas líneas del frente

Además, el adversario arrecia. Y lamentablemente le dejamos elegir terreno. Hay tres terrenos por los cuales avanzan: ideológico-doctrinario, político y militar.

1) Como las bases intelectuales de los colectivistas son fallas, ellos casi nunca admiten la honesta controversia puramente intelectual. Ahí pierden. En ese terreno por ej. la Escuela austriana demostró en los años ’20 la inviabilidad del socialismo, porque sin precios libres -y por ende significativos-, se impide y frustra el cálculo económico por los empresarios, y por tanto no hay asignación eficiente de factores y recursos a empleos productivos. Los socialistas perdieron ese debate, y fue concluyente. Asimismo es en otras disciplinas científicas y filosóficas. Ellos se niegan a contrastar con oponentes de su categoría; si se enfrentan, es con pesos inferiores, puros “paquetes”, peleles a los que baten fácilmente. No pueden de otro modo.

2) Por eso van al terreno político: prefieren los partidos políticos, las campañas electorales, y el decreto o resolución ministerial, o la ley sancionada por el Parlamento, o en todo caso la prensa. Van a las votaciones: en aulas y claustros, para decidir autoridades académicas; en el Congreso, para decidir sobre las leyes; y en la calle, para decidir autoridades políticas. Y lo que pierden en la discusión de argumentos, a la hora de pesarlos, casi siempre lo ganan por mayoría de votos, a la hora de contarlos.

3) Y si quedan en minoría de votos, sacan la pistola, que es su tercera y última línea de discusión, a la que recurren cada vez que salen derrotados en la primera y en la segunda. Van al golpe militar, o la guerrilla, o a la guerra.

A los liberales la primera línea nos es la más favorable, pero no nos decidimos a emplear toda la munición intelectual en el texto, la cátedra o la prensa, porque “la gente no lo va a aceptar, no nos va a entender.” Así perdemos el primer round por abandono. Y si retrocedemos a la línea política, la de los partidos y elecciones, ocurre que ellos, los anti-liberales ya están allí de primeros, por supuesto conocen mejor el terreno y lo preparan, habiendo nosotros abandonado el debate a los “expertos”, que cuentan con el “argumento de autoridad” típicamente académico, aunque no debería ser así ni en la Academia. A la política llegamos tarde los liberales, y generalmente perdemos por amplia ventaja. Y cuando los socialistas tropiezan y caen enredados en sus propias mentiras y fracasos, entonces suelen sacar la pistola y perdemos por KO fulminante.

La violencia es expresión del fracaso del socialismo por medios democráticos. Un ejemplo es Colombia, donde los partidos llamados Liberal y Conservador, desde 1958 no hacen otra cosa que instrumentar reformas socialistas democráticas, que fracasan y generan descontento y violencia. El terrorismo explota ese mismo tipo de fracaso en el mundo árabe y musulmán en general. En 1979 nace en Irán el mal llamado fundamentalismo islámico, en realidad un socialismo religioso y virulento, poco ligado a las fuentes históricas del Islamismo medieval, que reacciona ante los fracasos del socialismo secularista y democrático del partido Baath, la socialdemocracia que está o ha estado en el poder desde los ’40, y es por tanto responsable del atraso, la pobreza, el descontento y el resentimiento acumulado, que los ayatollahs explotan en la arena religiosa y el terreno político.

 

III. UNA VISTA AÉREA DEL PANORAMA

El mundo y América latina

El siglo XX comenzó bajo la impronta del liberalismo, pero enseguida se alejó de ese camino y tomó la ruta contraria, tras otras inspiraciones ideológicas.

Hacia el tercer y último cuartos del siglo XIX, en casi todos nuestros países cesaron las guerras civiles que siguieron a las de la Independencia. Duraba aún en el mundo el impulso del libre comercio, desatado aproximadamente unos 100 años antes. Al amparo de los códigos napoleónicos, seguimos más o menos la ruta de la economía libre y abierta, con garantías judiciales para la propiedad privada y la libertad contractual. Y pese a los 100 años de retraso en la largada, nuestros aparatos productivos se integraron a la economía “global” -que no es nueva-; y de manera muy eficiente y exitosa (aunque no perfecta), según los montos de inversiones, acumulación de capital, producción, exportaciones, etc., en volúmenes y en dinero, por entonces todas ascendentes, y a velocidades nunca después igualadas.

El mundo iba por ese camino despuntando el siglo XX, y nosotros con él. Las cosas no iban mal, porque aún no habían fructificado ciertos horrorosos errores incubados en las Escuelas y los Departamentos universitarios de Filosofía y Humanidades siglos atrás, principalmente en los dos anteriores, XVIII y en especial el XIX que fue el colmo. Todo se comenzó a arruinar cuando esos errores se tradujeron en prescripciones de política y consejos de expertos.

Primero hubo el brusco frenazo de 1914. De 1919 en realidad, ya que cuando la Gran Guerra cesó, los Gobiernos no quitaron muchos de los controles y obstáculos a los intercambios entre y dentro de los países. Incluso algunos nuevos valladares se erigieron -como las reparaciones de guerra decretadas a los perdedores-, y otros fueron simplemente sustituidos. La frágil prosperidad de los ’20 -producto de la acumulación anterior, y de la expansión artificial de dinero y crédito- terminó en otro frenazo más brusco, en 1929. Y tampoco los Gobiernos removieron los obstáculos a los intercambios. Porque el mundo fue extraviado por una serie de teorías económicas y políticas colectivistas muy insensatas, pero muy populares, “modernas” y “progresivas”, que aconsejaban precisamente todo lo contrario, e incrementar las intervenciones gubernamentales. Para colmo, esas teorías estaban avaladas por Lord Keynes y sus seguidores, que pasaban por genios de la Economía.

Además las propuestas encajaban con otras tesis sociológicas, jurídicas, psicológicas, políticas y humanísticas muy en boga: positivismo, darwinismo, racismo, psicoanálisis, conductismo, historicismo y caudillismo historicista, etc.; todas deterministas a ultranza, y por tanto negatorias de la libertad humana. Sintonizaban con ellas las expresiones literarias y artísticas de moda en esa época, tanto cultas como populares. Se identificó el progreso con lo nuevo, cada novedad fue tratada como un adelanto -sin juzgar sus méritos propios-, y se impuso la “veterofobia” o aversión por lo viejo.

Cada una de estas nuevas corrientes o sistemas de pensamiento por lo general tenían su granito de verdad, al menos aparente, que los hacía lucir atractivos, porque la mentira nunca anda desvestida, y se viste con la ropa de la verdad, a fin de ocultar su naturaleza. Y estas corrientes de pensamiento se empataban, siendo a veces consistentes unas con otras; y cuando no lo eran, había tantos en número, que se podía elegir este o aquél “ismo”, a gusto, según acomodara mejor al talante y circunstancia de cada quien, en un clima de extremos relativismo y subjetivismo. Pero en general se reforzaron mutuamente unos a otros; y esto en todo el mundo.

Filosofías fracasadas engendran expresiones ideológicas y políticas públicas fracasadas

En política predominaron los partidos identificados con el nazismo y el nacionalismo fascista, el laborismo inglés, el socialismo y comunismo, y el “New Deal” (y sus reediciones “Nueva Frontera” y “Gran Sociedad”); todas en competencia.

Estas tendencias partidistas se fueron enfrentando unas con otras, a pesar de su innegable parentesco y similitudes. Chocaron entre 1939 y 1945; y después en la Guerra Fría, entre 1949 y 1989. Todas estas expresiones colectivistas, “científicas” o políticas, en sus reediciones más viejas o más nuevas, traducen orientaciones filosóficas, todas fracasadas.

Parte fundamental de la actividad política para los liberales es la investigación y documentación sobre ellas, sus postulados y sus repercusiones prácticas, sus propuestas y medidas de política aconsejadas. Y sobre todo sus diferencias con …

La única filosofía verdadera, y única consistente con el libre mercado

Es el realismo filosófico. Afirma que el ser (la realidad) se puede conocer, a partir de los datos de los sentidos, que la mente va organizando, conforme categorías o “predicados del ser”, como forma, esencia, naturaleza, sustancia y accidente, fines y medios, potencia y acto, etc. Esas categorías no son artificios mentales, sino que corresponden a modos de ser de la realidad. Esa es la realidad, y así se la puede conocer: a partir de la evidencia y organizando conceptos. El proceso no es perfecto, pero brinda un razonable grado de certeza. Si Ud. lo acepta así, sin dificultad reconocerá por ej. que hay funciones propias del Estado, dictadas por su naturaleza de monopolio legal de la fuerza, y funciones propias de los partidos políticos, entre ellas: las de encauzar las propuestas políticas, y la de poner contención al estatismo, los partidos liberales. Porque admitirá la abrumadora evidencia a favor del mercado libre (el real, no el “modelo de competencia perfecta” de los neoclásicos). Y le será difícil creer en seres colectivos.

Pero supongamos que Ud. no lo acepta así. Que Ud. comienza por ser relativista, escéptico o nihilista, y que relativiza, pone en duda o niega que así sea la realidad, o así sea su conocimiento veraz. O que podamos estar ciertos (o abrir la boca siquiera y decir algo al respecto.) Seguirá Ud. por afirmar que hay otro tipo de realidad o de conocimiento, otra forma. En ese caso Ud. está listo para no reconocer la evidencia como criterio de realidad, para arrojar al cesto de la basura las categorías -y negar la idea de naturaleza-, y para oponerse al libre mercado, creyendo en seres colectivos. Por distintos caminos, más largos o más cortos, llegará a los mismos errores.

Las filosofías que no quieren admitir el realismo, toman un lado sólo, la realidad externa o la conciencia: los puros sentidos animales, desde el empirismo hasta el materialismo; o la mente desencarnada, desde el racionalismo al idealismo. Conducen a los totalitarismos. El “New Deal” por ej. deviene del pragmatismo utilitarista, triste final de línea para el empirismo anglosajón, pese a sus prometedores comienzos. Nazismo y fascismo por una parte, y socialismo y comunismo por la otra, proceden de la derecha e izquierda hegelianas, últimas estribaciones de las cordilleras del idealismo, que también arrancó lleno de promesas con el racionalismo cartesiano. Todas estas filosofías parecen muy dispares, pero sólo lo son en la superficie. En el fondo constituyen una colección de diversas coartadas y pretextos, que los filósofos incompetentes y presumidos inventan cada tanto, para evadir o justificar su terca negativa a admitir el realismo. Que fuera enunciado por Aristóteles, el primero y para muchos el mejor de sus expositores, tal como lo expuso Ayn Rand, pero asimismo también otros muchos pensadores cristianos, antes y después de la Reforma Protestante, católicos y reformados, aunque ella no haya querido darles todo su merecido crédito.

Las filosofías no realistas fracasan, y las políticas en ellas inspiradas. Y no sólo en el gabinete, la biblioteca y el aula, sino que en la arena política fracasan también las leyes engendradas por ellas. Pero las filosofías falaces y falsas teorías acostumbran medir fuerzas en la política. Se imponen en el terreno de los votos, el número y la influencia, tras perder el debate en el plano de los argumentos. Porque en la política no gana quien expone de modo más firme y consistente el mejor producto intelectual, sino quien pone más votos en las urnas, aún mintiendo descaradamente. O en los Parlamentos, Gabinetes o cenáculos equivalentes, según haya más o menos democracia.

Pero algunas filosofías tampoco acatan ese veredicto, y acuden a las armas -la tercera línea del frente-; y vienen las guerras de agresión, guerrillas y terrorismo. En la guerra el número también decide, como en las urnas (comiciales) pero generalmente al revés: el bando que pone más muertos en las urnas (funerarias) es el que pierde.

¿Y al liberalismo qué le pasó en el mundo?

En el mundo de la Segunda posguerra predominaron en la política el marxismo, y el tercermundismo, asociado a la filosofía “existencialista”, que postulaba la libertad entre sus premisas, para negarla en sus conclusiones. Y en EEUU hubo pluralismo, como siempre.

Con controles y dirigismos, en la Segunda posguerra pasó como en la primera; excepto en los países perdedores, donde hubo liberalizaciones económicas, exitosas. No obstante, el pensamiento liberal no pudo capitalizar sus muy visibles e innegables triunfos. ¿Por qué? Porque los liberales se dejaron arrebatar su paternidad, y predominaron las opiniones de los falsos “expertos”. Así el despertar económico en esos países fue atribuido por los tales expertos a un “milagro”; al Plan Marshall; a la laboriosidad de los japoneses -y a su disciplina y “cohesión” social-; a los demócratas cristianos y su economía de mercado “social” antes que libre; a la tecnología; a la genialidad de los métodos gerenciales de las empresas, etc. Incluso se forjaron mentiras descaradas, como que la gente trabajaba horas extra gratis para el Estado. Cualquier explicación, excepto el libre mercado. ¡Increíble!

Por otro lado, la maquinaria comunista internacional de “agitación y propaganda” (AGITPROP) edificada durante los ’20 y ’30 en Moscú, se perfeccionó y se extendió después de 1945.

En EEUU también hubo mucha confusión entre los liberales, que se dejaron quitar el nombre y dividir. “Liberal” no es nombre de origen anglosajón como “whig” -equivalente aproximado-, sino español. De todos modos las izquierdas no tenían derecho a usarlo, por su odio a la libertad. Pero, ¿por qué no retomaron los liberales su viejo nombre de “whigs”? Entre otras razones porque lo muchos liberales, aún empapados de la tradición clásica, pero despegados del quehacer político cotidiano, perdieron de vista que orden y libertad son inseparables, y se dividieron en dos facciones opuestas, abanderadas con uno y otra, llamadas “conservadora” y “libertaria”; nombres que los liberales no deberíamos usar en principio, ya que identifican respectivamente a los “tories” y a los anarquistas. Como siempre, las debilidades y confusiones ideológicas les impidieron a estos liberales mantener sus ideas claras y firmes, a lo cual les hubiese obligado la acción política, con su exigente y perentoria necesidad de dar respuestas claras al público. Mantenerse alejados de la política diaria fue una divisa para ellos. De ese error estamos pagando el precio.

¿Y en América latina?

El liberalismo quedó aplastado entre todas las corrientes del colectivismo estatista, muy representadas en número. Cada una más antiliberal y virulenta que la anterior. En las Universidades, sabiendo lo que puede pasar en París, Harvard o en Columbia, ¿qué podemos esperar de la UNAM (Mexico), la UCV (Caracas) o la UBA (Buenos Aires)? Sobre todo desde que la democracia reina en todas las universidades y los debates se deciden por mayoría, cuando no por puños y balas. Las universidades católicas debieron identificarse más con el realismo de Santo Tomás, y servir de contrapeso. Pero hicieron todo lo contrario, con la relativa excepción de la chilena de los ’60 y ‘70, donde hubo cierta identificación con el libre mercado, pero no el de los austrianos Mises y Hayek neoclásicos friedmanitas.

Así en la política del siglo XX tuvimos en Lationoamérica de todo, y muy mezclado, “como en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches”, según lo dejara asentado magistralmente el filósofo Enrique Santos Discépolo. Pero mezcolanza no es pluralismo. Tuvimos comunismos y Frentes Populares en los ’20 y los ’30. Y fascismos en los ‘40. Y dictaduras anticomunistas en los ’50. Tuvimos nuestras democracias “welfaristas” en los ’60, que se expandieron. Como reacción ante los fallos, en los ’70 tuvimos experiencias de izquierda militar francamente socialistas, y en los ’80 de un populismo civil (“democrático”) muy radical, ambos en muchos casos inspirados en el marxismo cristiano. También tuvimos muertos, aunque por nuestra costumbre de no tomarnos estas cosas muy en serio, mucho menos que en el resto del mundo, dicho sea en nuestro mérito.

Las “reformas” de los ‘90

Como en todo el mundo, en los ’90 hubo unos simulacros de reforma, muy mal enfocados, con poco o nada de liberal y mucho de “Neo”. Interpretación criolla del “Consenso de Washington”, que sirvió para resolver algunos problemas del Estado obeso, mas no los de la gente. En lugar de afirmar la separación de lo público y lo privado -viejo axioma liberal- como cuestión de principio, abrazaron unas “visiones de cooperación estrecha” entre el Estado y el mercado, e inventaron “sinergías” para sostener que “las fronteras tienden a borrarse”.

En lugar de desregular, se dictaron más regulaciones. O sea: en vez de aflojar las restricciones políticas y jurídicas, buscando la recuperación de los equilibrios “micro”, esto es, de los agentes individuales del tamaño que sean, persiguieron antes que nada los equilibrios “macro”. Y por las vías equivocadas: en vez de reducir el déficit fiscal por el lado de los gastos lo hicieron aumentando los ingresos: impuestos, endeudamiento y privatizaciones monopolistas. En comercio exterior, los “Neo” liberales practicaron un “cepalismo exportador”: el Estado ya no favorecía a los productores para el mercado interno en detrimento de los exportadores sino lo contrario, ¡pero siempre interviniendo!

No es de extrañar que las cosas sólo empeoraran. Y ahora sufrimos el embate de unas izquierdas ideológicamente “enriquecidas” con las expresiones colectivistas en boga: eco-femi-indigenismo, anti globalización de los mercados, “derechos humanos”, “derechos infantiles” y de los animales, “sociedad civil”, “democracia real”, etc., en sintonía con las “causas” de las Agencias de la ONU y de la UE (y algunas del Gobierno federal de EEUU) como por ej. la globalización de los Gobiernos.

Resumiendo y concluyendo:

En América latina, cada cual de estas expresiones colectivistas fue dejando su marca (por no decir su plastón), y generalmente nadie barre ni limpia, porque nadie identifica siquiera la basura como tal, de modo que se sigue tomando por cosa valiosa. Así que las “marcas” (los plastones) se amontonan uno sobre otro. Y ahora para colmo, justo cuando Fukuyama nos dijo que habíamos llegado al “fin de la historia”, que nos ajustáramos los cinturones para un aterrizaje suave en el mundo del matrimonio global entre democracia y mercado, que sería nuestra morada definitiva, llegó Bin Laden y sus muchachos de Al Qaeda. Empujando al cuasi-iletrado Bush a firmar cuanta “orden ejecutiva” sus ministros le pongan delante, aunque sean parecidas a las de un Estado policial. Y no son los únicos, porque ahora se nos ofrecen muchas ideologías colectivistas de estos días. Como siempre, muy irracionales, pero de mucho “appeal” emotivo y sentimental.

Por ej. los neocomunistas y neosocialistas nos traen de la ONU la lista de los “derechos humanos” y de las mujeres, niños, discapacitados y víctimas de adicciones, refugiados, gays y lesbianas, los animales y el ambiente, los sin tierra y los sin casa, etc. Aparentemente se trata sólo de unas exigencias poco claras e inconexas; pero tras esta larga lista, las ONG y Agencias de la ONU edifican una feroz dictadura mundial: la de las burocracias internacionales. Tras este proyecto hay una visión torcida, pero completa, del mundo, el hombre, la naturaleza, el sexo, la sociedad y el Gobierno, el Estado, etc. Análogamente, otras visiones torcidas pero completas -no siempre del todo inconsistentes con esta-, nos ofrecen respectivamente el Comandante Hugo Chávez y el “Grupo de Sao Paulo” (incluidos Frei Betto y la Teología de la Liberación); Usama bin Laden y Al Qaeda; los grupos neonazis; la mafia del homosexualismo político y las neobrujas (wiccas) de la Nueva Era y los satanistas. Y son todos grupos organizados, y asociados algunos, como guerrilleros y narcotraficantes en Colombia.

Frente a estas visiones torcidas pero completas, ¿los liberales ofrecemos una visión que sea a la vez derecha y consistente, e igualmente completa? ¿O buscamos atajos?

¿Por qué nos disgusta tanto a los verdaderos liberales el trabajo político?

Por muchas razones, por eso la búsqueda de atajos. Pero no todas las objeciones liberales al trabajo político tienen igual validez o pertinencia. Conviene examinar tres en particular.

Primera objeción: superioridad de los medios económicos sobre los políticos

Por principio los liberales de verdad preferimos hacer comercio antes hacer política; esto es, tratarnos los seres humanos por los medios económicos, los negocios, antes que los políticos, los partidos. Las de la economía son herramientas “más inteligentes” para transmitir información y procesar decisiones. Aunque imperfectas, son en astronómica medida más eficientes y flexibles, comparadas con esos ciegos, torpes, lentos, costosos y rígidos instrumentos políticos. Por eso estamos mejor en mercados de ideas, o de bienes y servicios más tangibles, dependiendo cuál sea nuestro particular talento para servir. Preferimos discurrir o debatir sobre argumentos, o negociar y transar sobre mercancías. A la política ni la entendemos del todo, mucho menos a los partidos. Por ej. jamás terminamos de saber lo que en política es ético y lo que no lo es, y si es que vale allí la tal distinción. Incómodos en un mundo extraño y sospechoso, lo visitamos excepcionalmente, sólo para evitar la violencia, y bajo protesta. Y ese universo nos reciproca, siéndonos hostil, y mucho, lo cual aumenta nuestra reserva y reticencia.

¿Qué contestar? Válido pero no relevante. Por varias razones:

1) Preferimos hacer negocios antes que campañas políticas; pero los estatistas en el poder no nos permiten hacer negocios, a nadie, liberales o no, excepto pasando por sus alcabalas. Y esto nos afecta a todos: a quienes profesamos el liberalismo y a los demás. Nadie puede hacer nacer una empresa o desarrollarla bajo el estatismo dominante.

2) Nuestro oficio político no es el de ellos, el de corredor de intereses especiales y traficante de influencias. Él nuestro es el de vigía isaítico (Is. 56:10, ya citado), no desdeñable. Véase sino, ¿cómo se produjo este desastre? Pues por vigías descuidados; ¡así de valioso es el oficio político!

3) El mercado no es sólo más eficiente: es más justo, porque no hace acepción de personas; y es más moral, porque se basa en una forma de amor al prójimo: el servicio (un tipo de amor), al cliente o usuario (un tipo de prójimo). Pero eso debemos explicarlo, para rehabilitar al empresario de la descalificación moral que comporta. Dejando de lado los argumentos “estadísticos” y otros floreos utilitaristas que poco han ayudado a nuestra causa. Refutando la objeción kantiana que quita todo valor moral a un servicio cuando se da a cambio de una contraprestación, porque sobre punto tan arbitrario se ha levantado la creencia en la supuesta no moralidad del intercambio, y del mercado. Pero devolverle su carácter ético al intercambio mercantil, es parte de nuestra ardua labor, política en sentido amplio, de clarificación conceptual, ideológica y cultural.

4) Suponiendo a los liberales en el Gobierno, la “solución liberal” es muy simple: no consiste en hacer nuevas leyes u otras normas jurídicas sino en derogar las malas, una vez identificadas. Por ej. a la economía no hay que “reactivarla” sino destrabarla, removiendo los obstáculos que impiden crear riqueza. A la cultura, como a la ciencia, educación, etc. no hay que “apoyarlas”, sino quitar de en medio todos los obstáculos legales y administrativos que ahora nos impiden a individuos, asociaciones e instituciones sociales dedicadas a estas actividades, el cumplir con nuestros fines, objetivos y metas.

5) Pero son obstáculos políticos. Se requiere un Parlamento que derogue leyes; y ese es un instrumento político, tanto como los partidos que deben postular a los candidatos a congresistas, encuadrados en un partido, basados en una doctrina, no esos “independientes” que quieren verse libre de compromisos ideológicos. El predominio estatista de los medios políticos sobre los económicos fue decidido por medios políticos -aún cuando no con nuestro voto-, y esas decisiones no pueden revertirse sino por medios políticos.

6) La partidofobia (aversión a los partidos) no es liberal sino fascista. Todos los “movimientos” fascistas han sido y son antipartido porque “los partidos dividen a la nación”. El concepto de “sociedad civil” tiene un fuerte sabor corporativista, que remonta a su autor, un socialista neo marxista italiano llamado Antonio Gramsci, ex compañero de Mussolini a quien “il Duce” puso tras las rejas para evitarse competencia.

7) La alternativa es la violencia y la destrucción. La barbarie. Los colectivistas nos obligan a tomar el camino de la política, del cual felices estaríamos lejos, si cesaran en su pretensión de imponernos sus “sistemas” uno tras otro, y sus sucesivas y constantes reediciones -a medida que fracasan-, cada una más violenta que la anterior.

8) Desde el punto de vista ético, la vía derecha de un partido es la única que un liberal puede transitar honestamente en la política; las otras -los atajos-, son discutibles y dudosas, en su eficacia, en su moralidad, o en ambas respectos. Como siempre, la honestidad es la mejor política.

Este documento, NO HAY ATAJO, fue escrito en respuesta a esta primera objeción.

Segunda objeción: la enorme desventaja de la política liberal frente a la estatista

La del intercambio de favores y el tráfico de influencia. Cada grupo de interés especial pide “su” decreto o ley o resolución para la Gaceta, y a cambio ofrece su apoyo para los demás. Pero, ¿qué podemos hacer los liberales en la política, careciendo de influencia, y sin favores que pedir? Objeción válida aunque menos, es un poco más relevante. ¿Qué contestar? Que no hay más camino que explicar a la gente las cosas como son en la realidad. Esa es la política liberal. Y tenemos muchos argumentos a favor. Pero hay que seleccionarlos, especificarlos y clarificarlos, ya que no todos son o se presentan convincentes. Por ej. algunos aluden a esta desventaja como si los estatistas defendieran intereses concretos y nosotros “difusos”. No es del todo cierto.

Primero, porque los liberales más que intereses defendemos principios, identificados sólo con los intereses más generales, y más de largo plazo: el real “interés público” verdadero, que consiste en el mantenimiento de una sociedad libre y sin privilegios. Y segundo: los privilegios estatistas para los intereses especiales sí afectan a perjudicados concretos. Debemos mostrar al público cuáles son los daños y perjuicios, hacerlos evidentes con ejemplos específicos, como trato en EL EMBROLLO y LA SALIDA, libros escritos para responder a esta segunda objeción.

Además, el uso de medios públicos para fines privados es simplemente criminal, en cualquiera de sus formas. Quien lo hace es un delincuente político, así debería ser tipificado. Pero el concepto actual de “delincuente político” está mal formulado. Se aplica a quien roba al Estado. O a quien con un fin político comete un crimen, verdadero o no: por ej. robar un banco o vender droga para financiar una guerrilla o un partido. En este caso lo político es el fin. Pero realmente debe aplicarse el tipo de “delincuente político” a todo estatista: a quien comete otro crimen, y verdadero, de hacerse dictar una norma legal positiva en su exclusivo beneficio y perjudicando con ella a otros. Lo político es el medio, no el fin. Desde este punto de vista, el liberal, la coalición de intereses especiales es en realidad un simple caso particular de una figura más general: colusión para delinquir.

Esto hay que explicarlo a toda esa gente, incluidos muchos “libertarios” que ven en todo político un delincuente, aunque sea liberal. Y en todo partido, aunque sea liberal, una colusión para delinquir.

Liberal, ¿se nace o se hace?

Jacob Hornberger tiene una curiosa teoría: los liberales nacen, no se hacen. Jacob es fundador y Presidente de la Fundación Foro por la Libertad. Ha dado cientos de conferencias y escrito libros y miles de artículos por las propuestas liberales. ¿A cuántos ha “convertido”? Dice que a nadie. Jamás; ni siquiera en su familia. Lo más que Jacob ha logrado entre quienes le escuchan o le leen, es que algunos de ellos se identifiquen con las propuestas, diciendose “hmmm… eso mismo es lo que yo siempre pensé, sólo que de manera no tan consciente y clara”. No es que repentinamente se hagan liberales, sino que caen en la cuenta de que lo son, pues instintivamente siempre han amado la libertad, pero la “negativa” de Isaiah Berlin, típica del liberalismo clásico: el rechazo a toda ingerencia del Gobierno en asuntos privados que no es fundada en justicia.

Puede ser cierto para muchas personas. Pero no para otras, que nos hicimos liberales de modo no tan instantáneo. De todos modos, tenemos que escribir documentos para toda persona, especialmente si no ha nacido liberal, o no se ha hecho aún. Ligando la doctrina a la política, y la política a la estrategia, y a las tareas a cumplir.

¿Cómo explicar el estatismo?

EL EMBROLLO y LA SALIDA se escribieron originalmente para publicar como secuencia de remitidos en la prensa, en Venezuela. Y luego para Perú. Exponen liberalismo clásico en forma didáctica, paso a paso, sector por sector de la vida humana, tanto personal como social, económica y política. Con ellos buscamos a quienes se identifiquen o resulten convencidos, para invitarlos a reuniones, con miras a constituir y organizar un partido liberal. Como sus referencias específicas a Venezuela o al Perú no son muchas, tal vez su lectura sea provechosa fuera de esos dos países.

En ambos textos se exponen consideraciones históricas. La gente pregunta siempre: “¿En qué país se aplica liberalismo a ultranza?” En ninguno actualmente. Pero en el pasado, se practicó en los países que por eso mismo hoy son ricos todavía: los del norte de Europa Occidental, ya desde antes del Renacimiento y la Reforma, comenzando por ciudades españolas, italianas y alemanas. Y en EEUU desde su Independencia. El gran problema es que en la enseñanza oficial la historia verdadera se desconoce por completo. Y de las aulas se gradúan estudiantes con nulo conocimiento de los hechos del pasado. No conocen el transcurso de los siglos, ni saben ubicar en ellos las fechas de los sucesos trascendentales para nuestra cultura, civilización y vida diaria, mucho menos su significación. Su ignorancia en esta materia es abismal.

Por eso razón se escribió ALICITA, “la Mafalda liberal”, para dar vida a un simpático personaje de ficción y poner en su boca el mensaje en términos simples, cotidianos y ocurrentes. Pero Alicita todavía “busca dibujante”.

Tercera objeción: la gente no quiere pensar

Muy cierto, muy relevante; pero estimularla a pensar es parte de nuestra tarea si queremos sociedad libre. Y “No hay atajo”. Pero para eso tenemos primero que pensar nosotros. Como pensar no duele, no engorda, no es pecado, no daña la salud y es gratis -y sí crea hábito, pero pensar no es un mal hábito cuando uno lo adquiere-, comencemos por pensar por qué la gente no quiere pensar. Con ese fin se escribió ¡ARRIBA LA CABEZA! o “Liberalismo para liberales”. Y para todo ser pensante (por poco o muy liberal que sea) se escribió MANUAL DE CONFUSIONES.

Muchas Gracias.

Postcriptum 2012: esos dos no son los títulos definitivos de mis ensayos, que con otros títulos se han incluido en mis tres libros EL EMBROLLO, LA SALIDA y LAS LEYES MALAS, y resumidos como aportes en el MANIFIESTO LIBERAL. Todos estos escritos están disponibles en la Web, como asimismo los más reciente, incluidos en este Blog.