¿Hay una clase gobernante por encima (o por debajo) de la Casa Blanca? ¿Hay en EE.UU. un Gobierno paralelo, una dirigencia subterránea, moviendo los hilos, sin dar cuentas a nadie?

Claro que sí. Y en casi todos los países que practican el modelo político estatista: un Gobierno sin límites, inflamado, muy excedido de tamaño, de peso, y en Presupuesto fiscal.

 

“Estado profundo”

Hace unos días, el Dr. Ron Paul, líder y referente del liberalismo clásico, advirtió a su ex contendor por la nominación del Partido Republicano, el presidente Donald Trump: “El ‘Estado profundo’ va tras de ti, y te quiere joder…” (lo dijo con otras palabras).

No es ninguna “teoría de la conspiración” porque es un hecho: cada año vemos las reuniones del Club Bilderberg: las cúpulas del poder y la banca, de la tecnología y la cultura y hasta figuras del cine y el espectáculo, de diversos países, se encierran por dos o tres días, en algún hotel exclusivo. No es algo secreto: están a la vista de todo el mundo, se dejan tomar fotografías, y entrevistar por la prensa; y luego se meten en sus salones a puertas cerradas, a deliberar y tomar decisiones.

¿Por qué hay “gobiernos por encima de los gobiernos”? ¿qué pasó con las instituciones republicanas: la primacía de la ley (“Estado de Derecho”) y los gobiernos responsables ante el pueblo?

La respuesta es simple: los países están enfermos de “estatismo”; los gobiernos han cruzado hace tiempo las fronteras que le separan de la sociedad, violando el límite entre lo público y lo privado. Así se han transformado en unas enormes maquinarias de personal, dinero y otros recursos en cantidades astronómicas, ligadas a variados intereses privados espúreos, por varios tipos de relaciones, también espúreas.

Esos gobiernos gigantescos, y sus negocios turbios con los grandes grupos privados, no pueden manejarse con instituciones republicanas y representativas, de transparencia y de responsabilidad en el manejo de los asuntos públicos, tales como son las del Liberalismo Clásico. Así estas instituciones decaen, y pasan a desempeñar roles decorativos, en tanto se crean unos pequeños círculos exclusivos o “comités ejecutivos mixtos”, en estrecho contacto y comunicación unos con otros, los de distintos países, por encima de las fronteras.

El “poder real” se le llama a veces. El “estado profundo” le llaman en EE.UU., y con ese título se publicó el año 2016 un libro firmado por Mike Lofgren: The Deep State: The Fall of the Constitution and the Rise of a Shadow Government. (El declive de la Constitución y el ascenso del Gobierno en la sombra.)

Dice Lofgren: “Fui 28 años miembro del personal del Congreso, especialista en seguridad nacional. Yo manejaba información secreta, yo me moví en los límites del mundo que describo.” En 2013 publicó un libro sobre el final de los dos partidos del “Establishment”: The Party Is Over, jugando con los dos significados de la palabra “party”, que a la vez es “partido” y “fiesta”. Subtítulo: How Republicans Went Crazy, Democrats Became Useless, and the Middle Class Got Shafted (Los republicanos se volvieron locos, los demócratas se hicieron inútiles, y la clase media ha sido atontada”.)

¿Qué es el estatismo? Es la inflación del estado, salido de sus límites propios, usurpando funciones que no son las suyas, en la economía, en educación, medicina, previsión social, y casi todas las esferas privadas. Según alegan sus jefes, para cumplir todas estas funciones, necesitan mucho poder y dinero.

Por eso siguen otras dos usurpaciones derivadas: de poder, quitando libertades a las personas; y de dinero, multiplicando e incrementando los impuestos. Es la usurpación, por el Estado, de funciones, libertades y fondos, que son de los ciudadanos; o sea de la sociedad civil, en las esferas privadas.

Explica Lofgren que el “estado profundo” no es una conspiración oculta, que esconde su rastro; son “operadores que actúan a la luz del día”. Tampoco es el “Establishment”, porque todas las sociedades complejas tienen esas redes sociales informales, que vinculan a los de alto status, y cuya finalidad es su enriquecimiento y perpetuación.

El Deep State es más bien una clase que manda, algo así como un Club exclusivo. “No es algo siniestro, aunque muchos de sus aspectos sí lo son. Ni es invencible: sus reiterados fracasos, como p. e. los de Irak, Afganistán, Libia, son rutinarios, y sólo su cerrada auto-protección les permite escapar de las consecuencias de sus pésimas decisiones”. En la lista de “fiascos” vale enumerar las eternas crisis y recesiones en la economía; la corrupción, y el grueso manto de impunidad que la cubre; la educación “pública”; la medicina socializada, y el “Inseguro” Social.

Su libro pasa lista y nos muestra a algunos de los más conspicuos miembros del Club: el complejo militar-industrial, el mundo financiero de Wall Street montado sobre el dinero de puro papel, y los amos de Silicon Valley, tales como Bill Gates, asiduo concurrente a las sesiones Bilderberg. Todos dicen ser “expertos” y técnicos, y alegan no tener ideología.

¿Cuál es el cemento que pega a unos con otros? El “pensamiento grupo” (Groupthink), responde Lofgren, término prestado del psicólogo Irving Janis (1918-1990). ¿Y cómo logran la uniformidad de criterios? Con una regla no escrita, pero que se cumple a rajatabla, sobre el éxito profesional: “No critiques; necesitas pensar como nosotros, si quieres progresar en tu carrera.”

Por eso, ante cada fracaso, su norma de conducta no es corregir el rumbo, al contrario: es más de lo mismo, siempre, como si el error no hubiese sido de concepto, o de política, sino de dosis insuficiente. Así, cada vez que ponen una “torta”, nos encajan “más de lo mismo”. O sea: “¿No te gusta la sopa? ¡Dos platos!” Un ejemplo: “¿No te gusta el socialismo? ¡Doble ración entonces: comunismo!”

 

“Contra Dios y el Estado”

Maximilien Rubel (1905-1996) fue un marxista austríaco, naturalizado francés. Tras muchas discusiones con otros marxistas, dijo estar “asombrado por la incoherencia y confusión en torno a Karl Marx”. Y se puso a “entender” a Marx. Inventó el término “marxología”: estudio erudito de Marx y del marxismo “científico”, en los cuales se consideraba una autoridad.

Al querer superar toda esa “incoherencia y confusión”, descubrió que Marx y Engels asumían la “desaparición del Estado” como meta final del socialismo y el comunismo. Y que sus polémicas con Bakunin y otros anarquistas, en la Primera Internacional (1864), eran de métodos y estrategias. En Internet se lee su “Marx, theoretician of anarchism” (1973).

Para quienes no leen inglés, también en Internet hay un texto excelente del Prof. Juan Federico Arriola: “La extinción del Estado según Marx, Engels y Lenin”. Pero Arriola no es marxista, por eso la incoherencia y confusión en las izquierdas no le asombran ni sorprenden, ya que no hay coherencia en medio de la incoherencia, la cual no se puede “entender”, porque es ininteligible.

La “economía socialista” es un absurdo; pero lo absurdo funciona como cortina de humo para encubrir los crímenes perpetrados en su nombre. “La extinción del Estado” es otro absurdo. Y con marxismo y anarquismo, no es que “los extremos se tocan”; es que los absurdos se tocan. Y la cruza de dos absurdos, resulta en otro absurdo.

Mucho antes de Rubel, el alemán Franz Oppenheimer (1864-1943) en su librito “El Estado” (1908), decidió que la síntesis entre el marxismo y el anarquismo pasaba por el liberalismo. Y así se declaró “socialista liberal”. Pero si se cruza un absurdo con algo lógico, ¿qué sale? Otro absurdo: existe la “Tercera Vía”, pero no sirve. Ludwig von Mises ha demostrado hasta la saciedad que los injertos de izquierda son ruinosos para los mercados y la economía.

El problema con Oppenheimer es que tuvo mucha y larga influencia en algunos que se consideraban muy liberales. Un ejemplo, por el lado de izquierda, su discípulo Ludwig Erhard (1897-1977), también trató de cruzar socialismo con liberalismo, y resultó la economía “social de mercado”. Este “modelo híbrido” no es muy satisfactorios en sus resultados, sobre todo en el largo plazo, como se puede ver en Alemania, donde se aplicó y aplica hasta hoy.

El Consenso de Washington es una reedición “actualizada” de la economía “social de mercado”. Y el mal llamado “Neo” liberalismo es un nombre para lo que desde los ’90 se aplica como tal “Consenso”, con consecuencias ruinosas, como hoy en Argentina, con Macri, y en Perú, con Kuczynski. De nada nos vale negar que existe el “Neo” liberalismo, porque existe, aunque de liberalismo tiene poco y nada. Lo mismo pasa con el “liberalismo social”, tipo Vargas Llosa y Montaner, ya netamente socialdemocracia.

Por el lado anarquista, otro ejemplo de la mala influencia de Oppenheimer: Murray Rothbard (1926-1995), mestizó el anarquismo con el liberalismo, y le nació un monstruo tipo Frankestein, el “anarco-capitalismo”. Mises repitió también hasta la saciedad que capitalismo y anarquismo son inconciliables, por cuanto el orden del mercado requiere un gobierno limitado; no es un orden “espontáneo”, al menos en el sentido corriente de la palabra. Y a falta de gobierno limitado, hay de todo menos capitalismo en buena ley. A veces hay tiranía, tipo Venezuela, con sectas políticas enfrentadas en luchas por el poder estatista; y otras veces hay caos, anarquía, tipo Somalia. Murray Rothbard también se inspiró en un “radical” (izquierdista) estadounidense, Gabriel Kolko (1932-2014), a quien mucho citaba y admiraba.

Se puede debatir si Marx, Engels y Lenin eran o no anarquistas; pero indiscutiblemente eran ateos, y anticristianos de los más feroces. En el bando republicano, cuando la guerra civil española (1936-39), socialistas y comunistas peleaban entre sí, y contra los anarquistas; pero en su fiero ateísmo había 100 % de acuerdo entre todos.

“Contra Dios y el Estado” fue la consigna más gritada entre los anarquistas españoles. Igual entre los de México, cuando la “Guerra Cristera” (1926-29), y entre los de Rusia, en toda su historia. Resumía la del anarquista francés Denis Diderot (1713-1784): “El hombre será libre cuando el último rey sea colgado con las tripas del último cura”. En Rusia, el anarquismo siempre estuvo firme en el campo de las izquierdas; pero el común denominador a todas fue el ateísmo, al menos desde 1917.

El Prof. Dimitry Pospielovsky (1935-2014), académico cristiano (ortodoxo), nació en Ucrania, y después radicó en Canadá. En su juventud temprana simpatizó con el socialismo, pero luego lo padeció, y escapó de su país en 1949. Escribió un libro: A History of the Marxist-Leninist Atheism and Soviet Antireligious Policies (1987); es la historia del ateísmo en el marxismo, y en Rusia. Dedicó otros tomos a la propaganda anti-religiosa, antes y después de 1917, a su nefasta influencia en la educación y la cultura, y a las crueldades contra los cristianos. Mi amigo César Vidal, informa acerca de este autor en su documentado testimonio “El Legado del Cristianismo en la cultura occidental” (2002).

Con Pospielovsky se entiende bien el caso de Ayn Rand, mujer extraordinaria, en muchos sentidos. Alisa Zinóvievna Rosenbaum nació en San Petersburgo, en 1905, en el seno de una familia judía, que no practicaba su religión, en un país de fuerte anti-judaísmo. Fascinada por el cine desde niña, Alisa se apasionó por las películas estadounidenses. La revolución expropió a la familia su farmacia; pero pudo estudiar Filosofía e Historia en la Universidad de su ciudad natal. En sus aulas, en años de Lenin, la religión era algo horrible, y el ateísmo, tan natural como el aire. Alisa se graduó en 1924, y con ese bagaje intelectual, desembarcó en “América” en 1925, a sus 20 años, tal como Pospielovsky lo haría a sus 14, una guerra más tarde.

En EE.UU., Alisa tuvo contacto directo con el capitalismo, y aprendió Economía. Y mucha Filosofía, estudiando a Aristóteles. Supo que el anarquismo era un disparate incoherente, tan fantasioso como el socialismo teórico, que en la práctica resulta en sangrientas guerras de bandas mafiosas. No se plegó al anti-americanismo de Rothbard y los “hippies”. Pero por la religión, que identificaba con el misticismo, sentía fuerte rechazo; al ateísmo lo traía muy pegado, y no se le quitó.

Mi amigo Nicolás Márquez dice que en la derecha hay tres corrientes, de distinto peso: el liberalismo, el conservadurismo, y el nacionalismo. Cierto: es un hecho, sobre todo en Argentina. De mi parte, digo que en la izquierda también hay tres corrientes, de distinto peso: el socialismo, del cual el comunismo es una rama, la más violenta y brutal; el anarquismo; y el ateísmo. Las demás son variantes, y mezclas.

Según las leyes de la genética ideológica, si se cruzan ejemplares de derecha con otros de izquierda, los hijos no son sanos. Hay muchos otros ejemplos además del anarco-capitalismo, como el nacional-socialismo, el socialismo “cristiano”, o el “objetivismo”, cruza de capitalismo con ateísmo. Lo que sale es “incoherencia y confusión”, diría Rubel.

 

Los dos marxismos

En 1848, Marx y Engels escribieron el “Manifiesto Comunista” para resolver las diferencias entre socialistas, comunistas y anarquistas, en base a un “Programa Común” de 10 puntos. Es el marxismo “clásico”. Una lista de 10 políticas, datadas hace más de 150 años, que han aplicado casi todos los gobiernos a lo largo del siglo XX, una por una, paso a paso, en casi todo el mundo.

¿No me cree? Lea punto por punto a Marx y Engels, que cito textualmente primero entre comillas, y enseguida en cada caso le muestro lo que tenemos hoy día, desde hace unos 100 años. Mire el primero, por ejemplo: (1) “Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos públicos” (M&E). Eso es la reforma agraria.

(2) “Fuerte impuesto progresivo” (M&E). Eso es el impuesto a la renta, con tasa creciente a las porciones más altas de ingresos o ganancias. (3) “Abolición del derecho de herencia” (M&E). Lo han reducido a su mínima expresión, con altos impuestos, y abundantes prohibiciones y restricciones. (4) “Confiscación de la fortuna de los emigrados y rebeldes” (M&E). Es la estatización de las grandes empresas capitalistas, extranjeras o no, y expropiación de activos y propiedades privadas.

(5) “Centralización del crédito mediante un Banco nacional, con capital del Estado y monopolio” (M&E). Es el Banco Central, con su monopolio de la emisión de dinero, y bancos estatales. (6) “Nacionalización de los transportes” (M&E). Son las ferrovías y medios de transporte del Estado. Hoy se añaden las aerolíneas, los trenes subterráneos y aéreos, etc. (7) “Fábricas nacionales y medios de producción, roturación y mejora de terrenos según plan colectivo” (M&E). Esas son las empresas del Estado, y la planificación central de la economía.

(8) “Proclamación del deber general de trabajar; creación de ejércitos industriales, en especial en el campo” (M&E). Leyes del Trabajo, urbano y rural, fijando los sueldos y las condiciones laborales. (9) “Conexión de agro e industria, borrando gradualmente diferencias entre campo y ciudad” (M&E). Ya visto: planificación centralizada del trabajo y la producción, y retenciones por el Estado de una cada vez mayor porción de las ganancias de empresas privadas en minería, petróleo, gas, etc., y haciendas agropecuarias.

(10) “Educación pública y gratuita de todos los niños. Prohibición del trabajo infantil en las fábricas bajo su forma actual. Régimen combinado de la educación con la producción material, etc.” (M&E) Ya visto: leyes laborales. Y planificación central de la enseñanza.

Según sus autores, este “programa mínimo” serviría para identificar a “socialistas” y “comunistas” por igual, términos que por tanto serían equivalentes. ¿Y qué pasa hoy día, a más de 100 años de su puesta en práctica? Que con las 9 primeras políticas los gobiernos nos han empobrecido como sociedad; y con la 10 nos han adoctrinado, y cegados para ver la realidad. Vivimos en países socialistas, incluso hasta comunistas, y no lo sabíamos. Pero ahora Ud. lo sabe.

¿Es entonces el socialismo “inviable” o imposible, como Mises argumentó en los años ’20 y ‘30? Es muy posible, lamentablemente, seguir estas 10 políticas; lo que es imposible es esperar que con ellas se va a crear riqueza y alcanzar prosperidad general. Tal como Mises anticipó, y se ha comprobado.

¿Y es el socialismo “un fracaso” como se dice a menudo? El éxito o fracaso de toda “acción humana”, sea económica o política, privada o pública, se mide por el logro o no de sus objetivos. Y el socialismo ha logrado los suyos, sin duda. Son antisociales e indeseables, sin duda, pero esa es otra cuestión.

El marxismo clásico, disfrazado de “justicia social”, fue programado en el s. XIX, y aplicado en el s. XX. Atacó la economía, y nos pulverizó o nos sometió a las entidades privadas de la sociedad civil, por ej. las iglesias, las empresas, escuelas, clínicas y demás asociaciones voluntarias, que ahora carecen de recursos suficientes. Nos empobreció y embruteció, en buena medida, como sociedad.

El marxismo “cultural”, disfrazado de “progresismo”, “humanismo”, y “tolerancia”, fue programado en el s. XX, y aplicado hoy, en el s. XXI. Es el segundo gran experimento de “ingeniería social” marxista a escala masiva y global.

Hasta ahora avanza camino al éxito también. Empobrecidos y confundidos como sociedad, nos están matando, con aborto, eutanasia y demás puntos de la Agenda LGBTI, anti-matrimonio y anti-natalismo (control de la demografía) y la “política correcta”. Las entidades estatales y privadas que impulsan sus políticas, cuentan con fondos directa o indirectamente procedentes de arcas públicas: nuestros impuestos.

Las entidades privadas y voluntarias que se oponen a los objetivos del marxismo cultural, carecen de los donativos que les permitirían ser efectivas; y la gente anda desorientada. La sociedad civil carece de recursos económicos, y una nube de muchas confusiones oscurece su comprensión. Su capacidad de auto-defensa ha sido disminuida.

Es que los marxistas aplicaron la inteligente estrategia militar “por aproximación indirecta”, la del británico Basil Liddell Hart (1895-1970), “el capitán que enseñaba a los generales”: primero hay que debilitar al enemigo poderoso, para después atacarle frontalmente, una vez mermado su poder para defenderse.

Soluciones: las Cinco Reformas. Para rehabilitar a las entidades privadas de la sociedad civil. Esto debe hacerse desde el Estado, mediante la acción política pública, no siendo posible de otra manera.

Por eso creamos y desarrollamos movimientos y partidos políticos, para ganar mayorías en el Congreso, y revertir el Programa del Manifiesto Comunista de 1848, el marxismo clásico.

¿Y el marxismo cultural? ¿Vamos a imponer los valores occidentales desde el Estado, con acción política pública? No; no es así como funciona. Lo que vamos a hacer es frenar la imposición de los valores anti-occidentales desde el Estado y mediante la acción política pública, que es lo que hace ahora el marxismo cultural, con nuestro dinero y con nuestros recursos. Pero la promoción de los principios y valores occidentales es tarea de la sociedad civil y de las entidades privadas, iglesias, empresas, escuelas, clínicas y asociaciones voluntarias, con nuestro dinero y recursos, una vez efectuada La Gran Devolución, y cumplidas las Cinco Reformas.

Esta es la enseñanza de Liddell Hart vuelta al revés: primero fortalecer a la sociedad y a las entidades privadas, para que puedan defenderse por sí mismas, lo que ahora no pueden.

Vamos ahora al análisis del “Estado profundo” en América latina: una trilogía de cúpulas de poder, tratadas respectivamente por Milovan Djilas, Manuel Ayau, y Jean-Francois Revel: la Nomenklatura socialista; el empresariado mercantilista; y el Mandarinato Cultural.

 

Nomenklatura, Mercantilismo y Mandarinato cultural

Marx y Engels fueron coherentes: el capitalismo se liga estrechamente al matrimonio, y la familia, la religión, y los odiadas instituciones y valores “burgueses”, cuya abolición es imperativa para acabar con el capitalismo. Pero como no se puede acabar con todo a la vez, escogieron primero acabar con la economía privada, y dejaron la cultura para más a futuro.

Hoy en día, una vez prohibido y desaparecido el capitalismo liberal de la economía, ese futuro llegó, y es ahora: el marxismo cultural: el de Gramsci y la Escuela de Frankfurt.

Lenin también fue coherente en tanto advirtió que tampoco se puede barrer con el capitalismo del todo, pues la sociedad toda perecería, y con ella la clase parasitaria. Como Mussolini, Hitler y otros jefes socialistas, Lenin decidió someter y explotar a cierta clase de empresarios privados, en vez de liquidarlos a todos. Permitió que algunos siguieran produciendo, bajo severas condiciones y términos, dictados por la burocracia y el Partido. A cambio, les libró del dolor de soportar competencia.

Le llamó “Nueva Política Económica” (NEP), desde 1921, y la definió como “capitalismo de Estado”. Lo era. Pero no era nueva: en la Edad de la Ilustración y las monarquías absolutas, así funcionaban las empresas, bajo las órdenes directas del Rey y sus ministros, aunque sin competencia. Se le llamó “mercantilismo”, denunciado como “monopolista” por todos los escritores liberales. La NEP fue una reedición del mercantilismo, y los “Nepistas”, los empresarios mercantilistas de sus días.

Consistente con el legado de Marx y Engels, de la cultura no se olvidó Lenin. La cultura proletaria debía reemplazar a la cultura burguesa, y el “Movimiento Prolet-Kult” someterse a la “dictadura del proletariado”, según su famosa “Instrucción” al Congreso Prolet-Kult, de 8 de octubre de 1920.

E igual con la educación y las artes, al mando del camarada Anatoli Lunacharski, Comisario del Pueblo para el “Narkomprost” (Instrucción Pública), quien manejó el célebre “Juicio a Dios”, por “crímenes contra la humanidad”, enero de 1918. Con la Biblia en la banca de los acusados, Dios fue condenado a muerte, y el día 17, a las 6.30 AM, un pelotón de soldados disparó cinco ráfagas de ametralladora al cielo de Moscú. Aunque en paralelo, el astuto Lenin alentó bajo cuerda el Movimiento “Vivir la Iglesia”, un cristianismo de izquierda, con la parte del clero ortodoxo adepta al marxismo.

La ética proletaria también debía reemplazar a la ética burguesa. El bien y el mal fueron “redefinidos”: bueno es lo que ayuda a la Revolución, al proletariado y al Partido, su “vanguardia esclarecida”. Malo es lo contrario. E igual suerte corrió la estética.

Desde entonces, en Rusia y en todos los países comunistas, el socialismo es siempre lo mismo; la junta de tres partes: (1) la asfixiante burocracia del Estado, sometida a la del Partido; (2) el empresariado mercantilista “protegido”; (3) los Comisarios políticos de la educación, cultura y arte, para catequizar mentalmente a niños, jóvenes y adultos; para hacer la guerra contra Dios y los valores e instituciones de Occidente, e infiltrar las iglesias cristianas; y para expulsar a quien pretende opinar en contra o fuera del sistema.

Es imprescindible recordar todo esto, porque la historia se repite, monótonamente, siempre la misma en lo esencial, salvo detalles y pormenores accidentales. Y siempre, en cada país socialista, se oyen las voces “disidentes”, diciendo que ese no es el socialismo “verdadero”, entelequia imaginaria por la cual habrá que esperar, hasta el siguiente experimento; ¡esa próxima vez sí que va a resultar!

Muchos autores han descrito a la Nomenklatura, el neo-mercantilismo, y el mandarinato cultural. Entre ellos destacan, respectivamente, Milovan Djilas, Manuel Ayau, y Jean-Francois Revel.

El serbio Milovan Djilas (1911-95) publicó un libro en 1957, “La nueva clase”. Denunció que en la supuesta “sociedad sin clases”, los miembros del Partido, de hecho “propietarios” de los medios de producción, aunque no legalmente, gozaban de un nivel de vida muy superior al del pueblo raso, sometido a grandes privaciones. Era una pirámide jerárquica de poder, basada en relaciones de intercambio “clientelista” de favores y lealtades personales. En 1970 el ucraniano Mijaíl Voslenski (1920-97) escribió su “Nomenklatura”, que publicó en “samizdat” (clandestino); sostenía que la elite cerrada, tiránica y harto corrupta, es resultado inevitable de todo sistema colectivista y estatista.

El guatemalteco Manuel Ayau (1925-2010) explicó las diferencias entre capitalismo liberal y mercantilismo, una economía dirigida no por mercados libres, sino por políticos y burocracias “proteccionistas”, ayuntadas con empresarios incompetentes. Siempre hay una parte de la producción nacional que se orienta al mercado interno, y otra que sirve a la exportación; la cuestión es quién toma las decisiones, y en base a cuáles criterios: si los consumidores y demás agentes libres, en base a los precios relativos, o los funcionarios corruptos, comprados por las empresas privilegiadas, en base a los intereses espúreos, y ya citados intercambios de favores y lealtades personales.

El francés Jean-Francois Revel (1924-2006) desnudó a los “grandes mandarines” de la cultura, que imponen al público sus rígidos cánones marxistas. En el Imperio chino, “mandarines” eran los letrados, expertos en caligrafía, y en hacerla cada vez más complicada y retorcida, e incomprensible para el pueblo analfabeta, condenado a acatar órdenes que no podían leer ni entender, y menos cuestionar. En países occidentales lo hacen los profesores y maestros, y los capos de los medios de prensa, artes y espectáculos, editoriales, y hasta de la religión: reservan puestos y promociones sólo a los adeptos a las “buenas causas”, y excluyen a los demás. Así mantienen al sistema bajo control.

En 1986 Ayau gestionó para Revel un Doctorado Honorario de la Universidad Francisco Marroquín.

Hay cuatro “espacios” ideológicos hoy día, digamos para concluir. Primero están los marxistas completos, que adhieren al marxismo clásico, incluso su parte mercantilista, y al marxismo cultural. Son coherentes, como Lenin, y Gramsci y la Escuela de Frankfurt.

Segundo: “libertarios” que rechazan el marxismo clásico y el mercantilismo, pero adhieren a postulados y políticas del marxismo cultural. Eso no es coherente. Tercero: cristianos y otras gentes conservadoras despistadas, que rechazan el marxismo cultural, y van a las marchas contra el aborto y la “ideología de género”, pero adhieren a los estándares del marxismo clásico y el mercantilismo. Eso tampoco es coherente.

Cuarto, los liberales clásicos, que vamos contra el marxismo entero y toda clase de estatismo y en favor del capitalismo liberal en la economía; pero a la vez en la defensa de la vida, del matrimonio y la familia, y de los principios y valores judeo-cristianos de Occidente. También somos coherentes.

¿Vio por qué mi columna se llama “pisando callos”?